El aliento se le acababa, porque el cuerpo de su adversario, gravitando sobre su pecho, le impedía respirar: Terminó la frase con un ¡z! ¡z! ¡z! cada vez más fatigoso... Vió en el espacio unas lucecitas amarillentas y moradas... luego sintió un bienestar inexplicable, y oyó una voz que decía:
—Pues anda, levántate y ahógame... ¿No puedes? La mano.
Se levantó sostenido por Gabriel, tambaleándose; dió dos ó tres pasos sin objeto; se pasó la diestra por los ojos, y miró al artillero fijamente; y como viese en su rostro una tranquilidad muy distinta de la furia de antes, la tuvo por señal de mofa, cerró otra vez los puños, y bajando la cabeza como el novillo cuando embiste, se precipitó. Gabriel adelantó las manos para parar el golpe, con calma desdeñosa; entonces, el montañés se contuvo, dejó caer los brazos, dió media vuelta, y encogiéndose de hombros, exclamó:
—Yo no pego á quien no me resiste... ¿Somos aquí chiquillos? ¿Estamos jugando, ó qué?
Callaba Gabriel y reflexionaba, sintiéndose ya, con íntima satisfacción, dueño de sí y capaz de regir sus acciones. Seamos francos, pensaba; me he comportado como un bruto; he hablado como un demente. A bien que en mí son momentáneas las excitaciones; que si me durase como me da, yo me dejaría atrás á todos los salvajes. Un poco de juicio, señor de Pardo... Pero ahora se me figura que ya lo tengo de sobra.
—Oiga usted...—dijo á Perucho, tosiendo, para afianzar la voz.—Le he maltratado á usted hace un instante; hice mal, y lo reconozco. Es decir: no me faltan motivos de hablarle á usted con toda la dureza posible; pero con razones, no con injurias... Debí empezar por ahí.
—Los motivos que usted tiene, ya los sé yo... Demasiado que los sé.
—Se equivoca usted... Hágame el obsequio de sentarse; ya ve que no le tuteo, ni le ofendo en lo más mínimo. Pero tenemos que hablar largamente y ajustar cuentas, de las cuales no he de perdonarle á usted un céntimo si sale alcanzado... Vuelvo á rogarle que se siente.
Perucho se dejó caer en el sofá con hosco ademán, arreglándose maquinalmente el cuello y la corbata, que ya no tenía muy en orden antes y que con la refriega se habían insubordinado por completo. Ocupó Gabriel la mecedora de enfrente, y empezó á mecerse con movimiento automático. Arreglaba un discurso; pero lo que salió fué un trabucazo.
—¿Usted sabe de quién es hijo? (al preguntarlo se encaró con Perucho).