—¿También de mi cuerpo se han de criar repollos?—preguntó Manolita.
—Y ¡juy juy!—relinchó el algebrista, trompicándose en una piedra por culpa del arrechucho de galantería que le entró.—Del cuerpo de las señoritas buenas mozas se criará espliego, rositas de Mayo...
Adoptando de nuevo su gravedad filosófica, añadió:
—Pero no se ponga hueca... Le es igual... igualito... Qué más tiene volverse chirivía ó malva de olor, carrás... ¿Quiérese decir que las estrellas del cielo, y las tierras, y el mainzo, y el cuerpo de vusté, y el mío, y el del Papa, con perdón, y el espliego, y los repollos, y las vacas, y los gatos, es todito lo mismo, disimulando vusté, y no hay que andar escoge de aquí y escoge de allí... Todo lo mismo señorita, todo lo mismísimo... La cosa grande!!
Al llegar aquí de su perorata le besó un canto en la espinilla, y llevóse la mano á la pierna, exhalando un ay doliente; pero al punto mismo, después de refregarse la parte dolorida y tirar con rabia del cigarro, que se apagaba de vez, volvió á su tema, balbuciendo con lengua todavía más estropajosa:
—La co... la cosa grande... se ríe de todo, sí señor, de todo... Allá anda, carraspo... haciendo la burla á quien nace... y á quien muere... y á los que buscamos las mo... mozas... de rumbo.... ¡juy! La cosa... g... gran... no nació en jamás... ni se ha de morir... Buena gana tiene... A cada a...ño... está... más... fres.... frescachona.... juy! vivan las rap... rapazas... Arde, cigarro, arde, condenado, si quieres, que... te... par...to...!
—Echemos por las viñas, Manola—dijo Pedro á su compañera.—El algebrista va hoy como un templo. Ya no se le sacan del cuerpo sino barbaridades.
—¿Y si tropieza y cae al río?
—¡Qué disparate! Estaría muerto ya un millón de veces, mujer, si fuese capaz de caerse. Anda así toda la santa vida.