Libres ya del atador, tomaron un sendero más practicable, que por entre tierras labradías y viñedos conducía al gran castañar del solariego caserón de Ulloa. Aunque la luna, en cuarto creciente, dibujaba ya sobre el cielo verdoso una fina segur, todavía la claridad del crepúsculo permitía registrar bien el paisaje; pero al ir entrando bajo la tenebrosa bóveda formada por el ramaje de los castaños, se encontró la pareja envuelta en la oscuridad, y en no sé qué de pavoroso y sagrado, y fresco y solemne, como el ambiente de una iglesia. El suelo estaba seco y mullido, como suele estar en verano el de los bosques, y el pie lo hollaba con placer. No se oía más ruido que el rumor de las hojas, melodioso como una música distante de la cual apenas se percibe el acompañamiento. Instintivamente, Pedro y Manuela se aproximaron el uno al otro, y sus dedos se engancharon con más fuerza; pero el sentimiento que ahora los unía no era el mismo que allá en la gruta, sino una especie de comunión de los espíritus, simultáneamente agitados, sin que ellos mismos lo comprendiesen, por las ideas de muerte, de transformación y de amor, removidas en la grosera plática del vejete borracho.
—¡Perucho!—murmuró ella alzando el rostro para mirar el de su compañero, que en aquella sombra veía pálido y sin contornos.
—¿Qué quieres?—contestó él sacudiéndole el brazo.
—¿Qué me dices de todo eso?... ¡Cuántas bobadas echó por aquella boca el señor Antón!
—Está peneque, y chocho además.
—¿Me volveré yo rosa? ¿Malvita de olor?
—No tienes que volverte... Ya Dios te dió rosa y clavel y cuantas flores hay.
—No empieces á meterte conmigo... ¡Que me enfado! ¿Y eso que dice de una cosa muy grande, que está en el cielo, y en la tierra, y en todos los sitios?
—Muchos ratos también se me pone á mí aquí—murmuró Pedro deteniéndose y señalando á la frente—que hay una cosa muy grande.... ¡y tan grande!... Mayor que el cielo. ¿Sabes dónde, Manola? ¿A que no lo aciertas?
—¿Yo qué sé? ¿Soy bruja ó echo las cartas como la Sabia?