El mancebo le tomó la mano, y la paseó por su pecho, hasta colocarla allí, donde, sin estar situado el corazón, se percibe mejor su diástole y sístole.
—Aquí, aquí, aquí—repitió con ardiente voz, oprimiendo como para deshacerla la mano morena y fuerte de la muchacha, que se reía, tratando de soltarse.
—Majadero, brutiño, que me lastimas.
La soltó y ella siguió andando delante en silencio. De cuando en cuando se percibía entre las hojas el corretear de una liebre, ó resonaba el último gorjeo de un ave. A lo lejos arrullaban roncamente las tórtolas, bien alimentadas aquellos días con los granos caídos en los surcos del centeno. También se escuchaba, dominando la sinfonía con sordina del follaje, el gemido de los carros que volvían cargados de haces de mies á las eras.
—Manola, no corras tanto...—exclamó Pedro con voz tan angustiada como si la chica se le escapase.—¡Ave María, mujer! Parece que te van persiguiendo los canes. ¿Tienes miedo?
—No sé á qué he de tener miedo.
—Pues entonces, anda á modo, mujer... ¿Qué diversión se nos pierde en los Pazos? ¡Mira que es bonita! Padrino estará fumando un cigarro en el balcón, ó viendo cómo arreglan las medas; mamá por allí, dando vueltas en la cocina; papá en la era, eso de fijo... las chiquillas ya dormirán... ¡va buena que dormirán! Oye, chica, la mano.
Trabáronse como antes por los dedos meñiques y continuaron andando no muy despacio. El bosque se hacía más intrincado y oscuro, y á veces un obstáculo, seto de maleza ó valla de renuevos de árboles, les obligaba á soltarse de los dedos, á levantar mucho el pie y tentar con la mano. Tropezó Manola en el cepo de un castaño cortado, y sin poderlo evitar cayó de rodillas. Pedro se lanzó á sostenerla, pero ella se levantaba ya soltando la carcajada.
—¡Vaya una montañesa, que tropieza en cualquier cosa como las señoritas del pueblo! Por el afán de correr. Bien empleado.
—Pero si no se ve miaja. Rabio por salir pronto de aquí.