—Para irte á la cama, ¿eh? ¿Para dejarme solito?
—Podías dar un repaso á los libros, haragán.
—Mujer... ¡para cochinos tres meses que tiene uno de vacaciones! Yo antes pasaba contigo todo el año... ¿no te acuerdas? Siempre, siempre andábamos juntos... ¡Qué vida tan buena! Y bien aprendíamos reunidos, más de lo que aprendo ahora en clase... Apenas tenemos leído libros de la estantería! ¿Te acuerdas cuando te enseñé las letras por uno que tiene estampas?
—Pero de la mitad nos quedábamos á oscuras. De muchos sólo mirábamos las estampitas, aquellos monigotes tan descarados.
—Bueno, el caso es que estábamos más contentos, ¿eh? Yo al menos. ¿Y tú?
Calló la niña montañesa, tal vez porque un haz de arbustos nuevos y un alto zarzal le cerraban el paso. Tuvieron que retroceder y buscar entre los castaños la senda perdida.
—¿No me contestas? ¿Vas enfadada conmigo?
—No hay humor de hablar mientras esté uno en estas negruras.
—Y después que salgamos al camino de la era, ¿me das palabra de que rodearemos por los sembrados?
—Sí, hombre, sí.