—Manola?
—Quée?
Deslizábase á la sazón la pareja por un estrecho pasadizo de troncos de castaño, que apenas daba espacio á una persona de frente. La oscuridad disminuía; acercábanse á la linde del bosque. La niña alzó los ojos, vió la cara de su compañero y acompañó la interrogación de fingido mal humor con una sonrisa, y entonces él se inclinó, le echó las manos á la cabeza, y con una mezcla de expansión fraternal y vehemencia apasionada, apretóle la frente entre las palmas, acariciándole y revolviéndole el cabello con los dedos, al mismo tiempo que balbucía:
—Me quieres, eh? me quieres?
—Sí, sí—tartamudeaba ella casi sin aliento, deliciosamente turbada por la violencia de la presión.
—¿Como antes? ¿como allá cuando éramos pequeñitos? eh? ¿Como si yo viviese aquí?
—Ay! me ahogas.... me arrancas pelo—murmuró Manola, exhalando estas quejas con el mismo tono que diría:—Apriétame, ahógame más.—No obstante, Pedro la soltó, contentándose con guiarla de la mano hasta que salieron completamente del bosque y en vez de árboles distinguieron frente á sí el carrerito que llevaba en derechura á la era de los Pazos. Pero el mancebo torció á la izquierda, y Manola le siguió. Iban orillando un sembrado de trigo, que en aquel país abundan menos y se siegan más tarde que los de centeno. Si á la luz del sol un trigal es cosa linda por su frescura de égloga, por los tonos pastoriles de sus espigas, amapolas, cardos y acianos, de noche gana en aromas lo que pierde en colores, y parece perfumado colchón tendido bajo un dosel de seda bordado de astros. Convida á tomar asiento el florido ribazo alfombrado de manzanillas, cuya vaga blancura se destaca sobre la franja de yerba; y allá detrás se oye el susurro casi imperceptible de los tallos que van y vienen como las ondas de una laguna.
Dejóse caer Manola en el ribazo, sentándose y recogiendo las faldas, y Pedro se echó enfrente de ella, boca abajo, descansando el rostro en la mano derecha. Así permanecieron dos ó tres minutos, sin pronunciar palabra.
—Debe de ser muy tarde—articuló la muchacha agarrando algunos tallos de trigo y empuñándolos para sacudir las espigas junto á la cara de Pedro.
—Silencio... ¿No te da gusto tomar el fresco, chuchiña? Esta tarde no se paraba con el calor. ¿Ó tienes sed?