—La mitad de mi vida daría yo—dijo con inmensa nobleza—por tener la seguridad de que en sus venas de usted no corre una gota de la sangre de Moscoso. Créame... ¿No me cree? Sí, lo estoy viendo; me cree usted... Pues escuche; si usted fuese hijo del mayordomo de los Pazos... yo, Gabriel Pardo de la Lage, que soy... ¡qué diablos! ¡un hombre de bien...! me comprometía á casarlo á usted con mi sobrina. Porque he visto lo que usted la quiere... y porque... porque sería lo mejor para todos. ¿Cree usted esto que le aseguro?
Sin fuerzas para contestar, el montañés hizo con la cabeza una señal de aquiescencia. Gabriel prosiguió:
—No solamente mi cuñado le tiene á usted por hijo suyo, sino que le quiere entrañablemente, todo cuanto él es capaz de querer... más que á Manuela, ¡cien veces más! y hoy, si se descuida, delante de todos los majadores le llama á usted... lo que usted es. Su propósito es reconocerle, y después de reconocido, dejarle de sus bienes lo más que pueda... Su padrastro de usted lo sabe; su madre... ¡figúrese usted! y... ¡es inconcebible que no haya llegado á conocimiento de usted jamás!
—Me lo tienen dicho, me lo tienen dicho las mujeres en la feria y los estudiantes en Orense... Pero pensé que era guasa, por reirse de mí, y porque el... padrino... me daba carrera... Estuve ciego, ciego! Ay Dios mío, qué desdicha, qué desdicha tan grande! Lo que me sucede... lo que me sucede! Pobre, infeliz Manola!
Gimió esto cubriendo y abofeteando á la vez el rostro con las palmas; y á pasos inciertos, como los que se dan en el primer período de la embriaguez, se dejó caer de bruces, borracho de dolor, sobre la cama de Gabriel Pardo, cuya colcha mordió revolcando en ella la cara. Gabriel acudió y le obligó á levantarse, luchando á brazo partido con aquella desesperación juvenil que no quería consuelo.
—Vamos, serénese usted... Qué hace usted, qué remedia con ponerse así? Serenidad... un poco de reflexión... Venga usted, criatura, venga á sentarse en el sofá... Calma... calma! Con esos extremos lo echa usted más á perder... Venga usted... Respire un poco!
En el sofá, donde le sentó medio por fuerza, Perucho volvió á dejar caer la cabeza sobre los brazos, y á esconder la cara, con el mismo movimiento de fiera montés herida, que sólo aspira á agonizar sola y oculta. Balanceaba el cuello, como los niños obstinados en una perrera nerviosa, que ya les tiene incapaces de ver, de oir, ni de atender á las caricias que les hacen.
—Sosiéguese usted—repetía el artillero.—¿Quiere usted un sorbo de agua? Ea, ánimo, qué vergüenza! Sea usted hombre.
Se volvió rugiendo.