—Soy hombre, aunque parezco chiquillo... Hombre para cualquiera, repuño! Pero soy el hombre más infeliz, más infeliz que hay bajo la capa del cielo... y un infame... sí, un infame, el infame de los infames... Hoy mismo, hoy—y se retorcía las manos—he perdido á... á una santa de Dios, á Manola, malpocado... Debían quemarme como la Inquisición á las brujas... Que no quemase á la condenada que nos echó, esta mañana la paulina... y nos hizo mal de ojo, por fuerza! Maldito de mí, maldito... Pero qué más casti...

Al desventurado se le rompió la voz en un sollozo, y dejándose ir al empuje del dolor, se recostó en el pecho de Gabriel Pardo, abriendo camino al llanto impetuoso, el llanto de las primeras penas graves de la vida—lágrimas de que tan avaros son después los ojos, y que torciendo su cauce, van á caer, vueltas gotas de hiel, sobre el corazón. Movido de infinita piedad, Gabriel instintivamente le alisó los bucles de crespa seda. Así los dos, remedaban el tierno grupo de la última cena de Jesús; y en aquel hermoso rostro, cercado de rizos castaño oscuro, un pintor encontraría acabado modelo para la cabeza del discípulo amado.

—Que llore, que llore... Le conviene.

Casi agotado el llanto, agitaba los labios y la barbilla del montañés temblor nervioso, y un ¡ay! entrecortado y plañidero, del todo infantil, infundía á Gabriel tentaciones de estrecharle y acariciarle como á un niño pequeño. Perucho se levantó con ímpetu, y se metió los puños en los ojos para secar el llanto, dominando el hipo del sollozo con ancha aspiración de aire. Pardo le cogió, le sujetó, temeroso de algún acceso de rabia.

—No se asuste... Déjeme... ¿Por qué me sujeta? Me deje digo. ¡También es fuerte cosa! ¡Le matan á uno, y luego ni le dejan menearse!

—¿Es que quiere usted matar... por su parte... á Manuela? ¿Eh? ¿Se trata de eso? Le leo á usted en la cara... y le sujeto para que no dé la última mano al asunto! Cuidado me llamo... ¡Manuela no ha de saber ni esto! ¿Eh, no se hace usted cargo de que tengo razón?

—Sí, sí señor, razón en todo... Que no lo sepa, no... ¡Así no se la llevarán los demonios como á mí!

—No se entregue usted á la desesperación... La desgracia que aflige á usted... ¡que nos aflige á todos! es enorme... pero todavía hay algo que, bien mirado, le puede á usted servir de consuelo.

—¿Algo? ¿Qué algo?—preguntó con ansia el mozo, agarrándose al clavo ardiendo de la esperanza.

—Que no hay por parte de usted tal infamia, sino impremeditación, locura, desatino, ¡infamia no! Usted tiene el alma derecha; aquí lo que está torcido son los acontecimientos... y la intención de ciertas gentes... Otros son los criminales; usted sólo ha delinquido porque la sangre moza... En fin, al caso. (Queriendo estrecharle afectuosamente la mano; pero el montañés la retira con violencia.) Sí, comprendo que no le soy á usted demasiado simpático; en cambio usted á mí me ha interesado por completo... Acepte usted ahora mis consejos; demasiado conoce que me animan buenas intenciones. ¡Ea, valor! A lo hecho pecho: no hay poder que deshaga lo que ya ha sucedido: á remediar en lo posible el daño... A eso estamos y eso es lo único que importa... ¡Escuche, hombre! Usted se tiene que marchar inmediatamente de esta casa... y no volver en mucho tiempo, al menos mientras que Manuela no... no cambie de situación, ó... ¡En fin, mucho tiempo! A estudiar á Barcelona ó á Madrid... Yo le proporcionaré á usted fondos... colocación... Todo cuanto le haga falta.