Un quejido de agonía alzó el pecho del montañés.

—Reflexione usted bien, mire la cuestión por todos sus aspectos: hay que marcharse.

—¿No volveré ya en mi vida á ver á Manuela?—lloró el mozo, cayendo en el sofá é hincándose las uñas en la cabeza.—Pues entonces, al Avieiro, que es bien hondo... Así como así tendré mi merecido.

—Vamos... ¡que estoy apelando á su razón de usted! No me responda con delirios... ¿No ha dicho usted allá cuando empezamos á reñir (Gabriel se sonrió) que Dios está en el cielo y nos oye? ¿Cree usted lo que dijo? ¿Lo cree?

—¿Soy algún perro para no creer en Dios?

—Pues... si hay Dios... y si usted cree en él... ¡mire que le está ofendiendo!

Perucho asió de una muñeca á Gabriel, y se la oprimió con toda su fuerza, que no era poca; y acercándole mucho la cara, arrojó:

—Pues si no hubiese Dios... ¡lo que es á Manola... soltar no la suelto!

Buena pieza se quedó el comandante Pardo sin saber qué contestar, dominado, vencido. En la encarnizada batalla llevaba, desde el principio, la peor parte; y lo extraño es que la derrota moral que sufría, conocida de él solamente, le ocasionaba íntimo placer, y le apegaba cada vez más al antes detestado bastardo de Ulloa.

Viendo callado á Gabriel, Perucho alentó un poco, y en tono de súplica humilde, murmuró: