—Me iré, me iré... haré cuanto me manden, y si quieren, me meteré en el Seminario de Santiago y seré cura... cualquier cosa... pero respóndame, señor, dígame la verdad... ¿Se va usted á casar con Manola cuando... después que... falte yo?

Gabriel alzó la vista y le miró cara á cara. Tardó bastante, bastante en responder: sus ojos brillaron, adquirió su fisonomía aquella expresión elevada y generosa que era su única hermosura, y respondió serenamente:

—Yo no le he de salvar á usted mintiéndole... Hoy más que nunca estoy dispuesto a casarme con mi sobrina... ¡No rechine usted los dientes, no se enfurezca, por todos los santos... oiga, oiga! Cuando ella, por su voluntad, sin imposiciones de ningún género, porque me cobre cariño ó... porque necesite mi protección en cualquier terreno y por cualquier causa, se resuelva á casarse conmigo... yo estoy aquí; cuanto soy y valgo, de ella es... Pero jamás ¡jamás! si ella no quiere... Y ella no querrá—fíese usted en mí, que tengo experiencia—ni en mucho tiempo, ni tal vez en su vida... Es aún más montañesa y más porfiada que usted... Sobre todo, ¡como no le hemos de soltar el tiro de decirle lo que hay de por medio! Eso sí, usted tiene el deber de procurar... ¡con resolución! ¡con heroísmo! que ella le olvide, que ella no piense en usted... sino como se piensa en el compañero querido de la niñez... ¡Nada más! Usted se va, usted le escribe algo al principio... cariñosamente... pero... con cariño... fraternal... Luego escasean las cartas... Luego cesan... Luego... tiene usted novia, ¡novia! y ella lo averigua... Si es verdad que usted quiere á Manuela, usted hará todo eso... ¡y mucho más!

El montañés tenía los párpados entornados, la mirada vagabunda por los rincones del aposento, repasando, probablemente sin verlas, las molduras barrocas de la cama, las pinturas del biombo, los remates de época del Imperio que lucía el vetusto sofá. Cuando acabó de hablar Gabriel, sus pupilas destellaron, hizo con la mano derecha ese movimiento de sube y baja que dice clarísimamente:—Plazo... espera...—y se dirigió á la puerta. Pero Gabriel saltó y se interpuso, estorbándole la salida.

—No se pasa... (en tono más cariñoso y festivo que otra cosa).

—Haga usted favor... Si por lo visto usted está para bromas, yo no, y sentiría cometer una barbaridad.

—En serio (con mucha energía), no le dejo á usted pasar sin que me diga adónde. De evitarle la barbaridad se trata.

—Bueno, pues sépalo; tanto me da que lo sepa, y si le parece mal... (gesto grosero). No me da la gana de creer, por su honrada palabra de usted, que Manola y yo... En fin, usted quiere á Manola... yo le estorbo... le viene de perillas que me largue... y como no soy ningún páparo... ¿eh? no me mete usted el dedo en la boca... Voy á la fuente limpia... á saber la verdad, ¡la verdad!

—¿Cómo, cómo? ¿á quién se la va usted á preguntar? ¡Cuidado... á mi sobrina nada!

—¡Eh!... ¿Si pensará usted que ha de tener más miramientos que yo con Manola? Repuño, que ya me cargó á mí esto! La verdad se la voy á sacar de las mismísimas entrañas á don Pedro Moscoso... y apartarse, y dejarme de una vez!