—Si todavía no llegó á casa, ¡polvorín! Vilo desde el patio; viene de á caballo. ¡Y corre como un loco! ¡Parece que viene á apagar un fuego!
Máximo, sin querer oir más, bajó á paso de carga la escalera, salió al patio, y como la llave del portón acostumbraba hacerse de pencas para girar, la emprendió á puñadas con la cerradura; á bien que la médica le sacó del paso, que sino, de puro querer abrir pronto, no abre ni en un siglo. Y cuando la cabalgadura cubierta de sudor se detuvo y fué á apearse el comandante, Juncal no se dió por contento sino recibiéndole en sus brazos. Hubo exclamaciones, afectuosas palmadicas en los hombros, carcajadas de gozo de Catuxa; y antes de preguntarse por la salud, ni de entrar bajo techado, ya se le habían ofrecido al huésped toda clase de manjares y bebidas, insistiendo en saber qué tomaría, hasta no dejarle respirar. La respuesta de Pardo le llenó á la amable médica las medidas del deseo:
—De buena gana tomaré chocolate, Catalina, si no le sirve de molestia... Ahora recuerdo que he salido de los Pazos en ayunas.
Solos ya, sentáronse en el banco de piedra, y Gabriel dijo al médico que le miraba embelesado de gratitud y regocijo:
—No me agradezca usted la visita; vengo á reclamar sus servicios profesionales.
—¿Se le ha puesto peor el brazo? ¡Ya lo decía yo! Con estas idas y venidas... No, y está usted algo... desmejorado, vamos; el semblante... y eso que viene sofocado... Mucha prisa trajo, ¡caramba!
—¡Bastante me acuerdo yo de mi brazo! Si usted no lo menta ahora... ¡Hay en los Pazos gente enferma...?
—¿En los Pazos? ¡Eso es lo peor! Pero ya sabe que yo, desde las elecciones...
—Déjeme usted de elecciones... usted se viene conmigo.
—Con usted, al fin del mundo; sólo que si luego creen que me meto donde no me llaman...