—Pierda usted cuidado.
—¿Y quién está malo? ¿Es el marqués?
—Y su hija.
—¿Los dos?
Gabriel dijo que sí con la cabeza, y se quedó unos instantes pensativo, acariciándose la barba. Realmente estaba pálido, ojeroso, abatido; pero le quedaba el aire de viril resolución que tan simpático le hacía.
—Oiga usted, Juncal... ¿Puedo contar con usted? ¿Haría usted por mí algo que le pidiese? ¡No es cosa muy difícil!
—¡Don Gabriel! Me está usted faltando... ¡Voto al chápiro...! ¡Por usted...! ¿Quiere... que organice un comité conservador en Cebre?
—¡En política estaba yo pensando...! Lo primero es... no decirle nada á Catalina. Que sepa que va usted á los Pazos, bien; que va usted por la enfermedad de mi cuñado, corriente... Pero de la de mi sobrina, ni esto. ¿Conformes?
—Hasta la pared de enfrente.
—Además... que nos marchemos cuanto antes.