—Se fué á abrazar con ella, llorando á gritos...
—A berridos, que es como lloran semejantes bestias...
—Y le dijo que Perucho no volvía más; que se había marchado decidido á embarcarse para América, y que iba tan desesperado, que era fácil que le diese por tomar arsénico...
—Séneca, que le llaman así.
—En fin, le dijo... ¿Hace falta más explicación?
—¡Qué lástima de albarda, Dios me lo perdone, para esa pollina vieja! Bueno, señor de Pardo; no añada más, no se moleste, sosiéguese; ya estamos enterados de lo que conviene ahora. Tranquilizarle á la niña el pensamiento... ¡todo lo posible...!
—¡Basta, basta! En especial, silencio... y que los curiosos se queden á la puerta... La curiosidad, para la ropa blanca. Fíese en mí. ¿Al trote?
—Al galope, que es cuesta arriba.