—Sin que yo se lo dijese, en cuanto llegue usted á los Pazos se enterará de que allí han ocurrido ayer y anteayer sucesos gravísimos... Basta para imponerle á usted el primero que encuentre, el mozo de cuadra que recoja la yegua. Anteayer, de noche, mi cuñado sostuvo un altercado terrible con... ese muchacho que pasaba por hijo de los mayordomos...
—Bien, bien... Ya estamos al cabo—indicó Juncal guiñando el ojo...—Pero ¡qué milagro enfadarse con él! Si lo quería por los quereres.
—Mucho le quiere, en efecto; ¿de qué está malo hoy, sino del berrinche? Pues... á consecuencia de la escena espantosa que se armó entre los dos, el muchacho, que es testarudo y resuelto, arregló ayer mañana su maletilla de estudiante, y ni visto ni oído... A pie se largó... y hasta la fecha no se ha vuelto á saber de él.
Al ir narrando, fijábase don Gabriel en la expresión del rostro de Juncal. Aunque éste procuraba no dejar salir á él más pensamientos que los que no mortificasen ni alarmasen al artillero, no podía ocultar la luz que iba penetrando en su cerebro y que no tardaría en ser completa. La prueba es que exclamó como involuntariamente:
—Ah... ya.
—Sí—añadió Pardo con resignación:—desde que Manuela supo la marcha de su... amigo...
—¿Y quién se la contó? ¿A que se lo encajaron de golpe y porrazo... con todas las exageraciones?
—¡Lo mismito que usted lo piensa! La mayordoma...
—Que es una vaca...