—Las circunstancias—dijo Gabriel titubeando aún—son tales, que yo necesito creer á pie juntillas lo que usted me asegura para no perder el tino y desorientarme completamente. Voy á hablarle, á usted con franqueza, como hablaría yo también á mi hermano...
—¿Pongo la yegua al paso? La de usted no lo sentirá—preguntó Juncal, que oía con toda su alma.
—Sí... conviene salir cuanto antes del atolladero, y que nos entendamos los dos.
—Hable con descanso, que así me arrodillasen para fusilarme, de mi boca no saldría una palabra.
—Eso quiero: cautela y secreto absoluto por parte de usted. Mi infeliz sobrina está desde ayer tarde en un estado de exaltación alarmantísimo. Yo creo que su razón se oscurece algunas veces. Y entonces grita, llora, habla, desbarra, dice enormidades que... que nadie debe oir, ¿lo entiende usted? ¡sino personas que antes se dejen arrancar la lengua que repetirlas!
Juncal sacudió la cabeza gravemente, murmurando:
—¡Entendido!
—Los accesos—prosiguió el artillero—le dan con bastante intervalo, y del uno al otro se queda como postrada y sin fuerzas. Ayer ha tenido dos, uno á las cinco de la tarde y otro á las diez de la noche; dormitó unas horas, y á las tres de la madrugada, el acceso más fuerte, acompañado de una copiosa hemorragia por las narices; á las siete, se repitió la función, sin hemorragia; y así que la dejé algo tranquila, suponiendo que tendríamos al menos tres ó cuatro horas de plazo, me vine reventando la yegua... y así que acabe la explicación la volveré á reventar, para llegar antes de que el acceso se produzca. ¿Qué opina usted? ¿Le dará antes de mi vuelta?
—Señor don Gabriel, esperanza en Dios... Es probable que no le dé. Según lo que usted me va contando, la neurosis de la señorita tiene carácter epiléptico, y hay un poco de tendencia al desvarío... Bien, ya puede hablar, que es como si se lo dijese á un agujero abierto en la pared. Y... ¿Usted no sospecha algo de las causas de este mal tan repentino?
Enderezóse Gabriel en la silla, como afianzándose en una resolución inevitable.