—¡Bah, bah! Coser y cantar... Me llevo la lanceta, y le doy cuerda para un año... Le han acostumbrado desde muchacho á la sangría, y aunque yo las proscribo severamente, uniendo mi humilde opinión á la de los más ilustrados facultativos de Francia y Alemania... en este caso particular, me declaro empírico. El hábito es...
—Por Dios.... Despachemos—exclamó Gabriel, que parecía también necesitar bromuro, según la agitación, no por reprimida menos honda, que se observaba en su rostro y movimientos. Conviene decir, en abono de la excelente voluntad de Juncal, que para ninguna de sus correrías médicas se preparó más brevemente que para aquella. Ni tampoco, desde que el mundo es mundo, se ha sorbido más aprisa ni de peores ganas una taza de chocolate que la presentada por Catuxa á Pardo... y cuidado que venía para abrir el apetito á un difunto, por lo espumosa y aromática.
—¡Tan siquiera un bizcochito, señor!—suplicaba Catuxa.—Mire que están fresquitos de ahora, que cantan en los dientes... ¿Y el esponjado? ¡Ay, que el agua sola mata á un cristiano! Señor... ¿y las tostadas?
—Cállate la boca ya—gritó Juncal severamente;—cuando hay apuro, hay apuro... El marqués de Ulloa se encuentra mal... y vamos allá á escape.
Cosa de un kilómetro se habrían desviado de Cebre, cuando don Gabriel, ladeándose en la silla, preguntó á Juncal:
—¿Dice usted que es herencia materna lo de mi sobrina?
—Sí señor, ¡en mi desautorizada opinión al menos! La pobre doña Marcelina, que en gloria esté—masculló con gran compunción el impío clerófobo—era nerviosísima y algo débil, y aunque la señorita Manuela salió más robusta y se crió de otra manera muy distinta, en su edad es la cosa más fácil... Habrá tenido cualquier rabieta... Pero no pase susto, que ese no es mal de cuidado.
Enmudeció el artillero, y por algunos minutos no se oyó más que el trote de las dos yeguas sobre la carretera polvorosa. Gabriel callaba reflexionando, con la quijada metida en el pecho; de aquellas reflexiones salió volverse á Juncal y decirle con tono suplicante y persuasivo:
—Amigo Máximo, en esta ocasión espero de usted mucho... Espero que me pruebe que efectivamente he encontrado aquí lo que tan rara vez se tropieza uno por el mundo adelante: un amigo verdadero, de corazón.
—¡Señor de Pardo!—exclamó el médico, á quien semejantes palabras cogían por su lado flaco—¡Bien puede usted estar satisfecho—aunque la cosa no lo merece—de que ni á mi padre le tuve más respeto, ni á mis hermanos los quise más que á usted! Desde que le ví me entró una simpatía de repente... vamos, una cosa particular, que los diablos lleven si la sé explicar yo mismo. A mi señora se lo tengo dicho: mira, chica, si te da la ocurrencia de ponerte un día muy mala y quieres médico, que no sea el mismo día que me necesite don Gabriel... ¿Y luego, qué pensaba? Pero si no me pide otra cosa de más importancia que darle bromuro á la sobrina... para eso, maldito si...