—Buena falta hace que me la pidas. Conozco yo las entenciones de la gente...

Echóse á reir el algebrista, pues no era él hombre que se formalizase por tan poco. De oirse llamar borrachón y pellejo estaba harto, y esas menudencias no lastimaban su dignidad. Al contrario, dábanle pretexto para explayarse en sus favoritas y perniciosas filosofías.

—Bueno, carraspo, bueno; el hombre tampoco es de palo y ha de tener sus aficiones... quiérese decir, sus perfirencias. Y sino ¿para qué venimos á este mundo recondenado? A la presente estamos aquí platicando los dos; pues cata que sale una mosca verde del estiércol y te pica... el caruncho sea contigo, y acabóse; ya puede el señor cura plantarse aquellos riquilorios negros con la cinta dorada. Que pasa un can con la lengua de fuera, un suponer, y te da una dentada... pues como no te acudan con el hierro ardiendo, ó no te pongan la cabeza de un conejo en vez de la tuya, que dice que es ahora la última moda de Francia para la rabia...

—Vaya á contar mentiras al infierno—exclamó Goros furioso, destrozando en menudos fragmentos una onza de chocolate, pues el agua hervía ya en la chocolatera.—No sé cómo Dios no manda un rayo que te parta, cuando dices esos pecados de confundirnos con las bestias, Jesús mil veces!

—¡Si ya anda en los papeles! A fe de Antón, carraspo, que no te miento.

—Los papeles son la perdición de hoy en día. Los que escriben los papeles, más malvados aún que las amas de los clérigos.

—Asosiégate, hombre, que tú no has de arreglar el mundo, ni yo tampoco. Lo que se quiere decir, es que para cuatro días que tenemos de vida, no debe un hombre privarse de lo que le gusta, en no haciendo daño á sus desemejantes.

—Como los cerdos, con perdón, ¿eh?—vociferó Goros en el colmo de la indignación, mientras buscaba por la espetera el molinillo.—¿Como los marranos? ¿Comer, dormir, castizar, y luego á podrirse en tierra? Calle, calle, que hasta parece que se me revuelve el estómago.

Lo que se revolvía era el chocolate, bajo el vertiginoso girar del molinillo en la chocolatera. El cura de Ulloa padecía debilidad, y necesitaba que en el mismo momento de llegar de la iglesia le metiesen en la boca su chocolate, fuese en el estado que fuese; por lo cual Goros acostumbraba tenerlo listo con anticipación, y el señor cura tomarlo detestable.

—Yo no sé qué diferentes son de los marranos los hombres, carraspo—blasfemó el algebrista.—Tras de lo mismo andan; el comer, el beber, las mozas... Al fin, de una masa somos todos...