—¡No sé cómo Dios aguanta á este empío en el mundo!

—¿Y yo qué mal le hago á Dios, por si es caso? ¡De quien se ríe Dios es de los bobos que se están aunando y con flatos y pasando mala vida! ¿Para quién hizo Dios,—vamos á ver, responde, cristiano,—para quién hizo Dios las cosas buenas, el vino, y más la comida, y más las muchachas de salero? ¿Las hizo Dios, sí ó no? Pues si las hizo, no será para que nadie las escupa. Y si alguien las escupe, se ríe Dios de él, ¡carraspo y carraspiche!

—Si le oye mi señor, le echa con cajas destempladas de la cocina.

—¿No va en los Pazos el señor abad?—preguntó el algebrista, mudando de tono, y como quien pregunta algo serio.

—¿En los Pazos? No, va en misa.

—Pues dice que lo van á llamar de los Pazos.

—¡Milagro! ¿Para qué será?

—Para echarle los desconjuros y los asperjes á la señorita Manola, que tiene el ramo cativo, y para darle la esterminación á don Pedro, que está en los últimos.

—¿Quién le dijo todo eso?

—El estanquero de Naya. Allá estive de noche.