—Pues es una mentirería descarada. Ayer noche fuí á los Pazos á ver qué sucedía. También me lo encargó el señor abad. Y ni la señorita Manola está endemoniada, ni el marqués tan malo.
—El haber hay en la casa un rebumbio de dos mil júncaras. ¿Hay ó no?
—Rebumbio lo hay, eso es como el Evangelio; pero eusageran, que no es tanto.
—¿Y será mentira también el cuento de lo que pasó con el Perucho, el hijo de la Sabel? Por Naya anda el cuento más corrido, ¡que no sé!
—Largó de casa, y no se sabe á derechas el motivo. Ese es el caso.
La fisonomía del algebrista, truhanesca y socarrona como ella sola, se contrajo y arrugó con el más malicioso gesto posible.
—El motivo... Endrómenas, carraspo... Unos dicen de una manera, otros de la otra, y tú vete á saber la verdá...
—La verdá sólo Dios—sentenció Goros...
—Ó el diaño, que inda es más listo. Pues señor, que dicen unos que la señorita tuvo un disgusto grandísimo con el padre, á que había de echar de casa al Perucho, y que hasta que lo echó no paró. Otros que ese señor que está ahí... ¡ese de los cuatro ojos!
—Ya sé. El hermano de la difunta señora.