—Que fué quien porfió por echar á Perucho, porque quiere casarse con la señorita... y así que supo que don Pedro le dejaba cuartos por testamento, amenazó á Perucho de matarlo y por poco lo mata... hasta que se tuvo que largar con viento fresco. Que otros... (aquí el guiño se hizo más malicioso) que si andaban, si no andaban, si el Perucho y la Manola y el otro y todos... ¡El diablo y más su madre! El cuento es que juraban que el señor no salía de esta... que estaba gunizando... y que tenían llamado al médico de Cebre, aquel con quien riñeran por mor de las eleuciones...
Goros sacó en esto la chocolatera del fuego, porque ya había dado los dos hervores de rúbrica; y meneando la cabeza con aire filosófico, pronunció:
—Ni por ser rico... ni por ser señor... ni por por poca edá... ni por sabiduría... Cuando llega la de pagar la gabela de las enfermedades y de las desgracias y de la muerte negra...
El algebrista callaba, como el que no tiene ganas de armar disputa otra vez, y picaba con la uña, de una gruesa tagarnina, cantidad bastante para liar un papelito. Así que lo hubo liado, se encasquetó la monumental chistera, y acercándose al fogón, murmuró con tonillo insinuante:
—¿Con que no das ni una pinga?
—No gasto—respondió el criado del cura áspera y lacónicamente.
—Da entonces lumbre para el cigarro, que no te arruinará, cutre, sarnoso.
Goros le alargó un tizón, y el componedor, con un cigarrillo en el canto de la boca, salió rezongando un
Creyóse el perro en el compromiso de soltar un ladrido de alarma al ver salir al señor Antón; mas de allí á dos minutos, rompió á ladrar con verdadero frenesí, con ese bronco ladrido, casi trágico, que es aviso y reto á la vez. Goros se lanzó fuera y se halló, á la puerta del patio, con el señor de los cuatro ojos.