Tres noches llevaba sin dormir y tres días sin comer casi, y tal vez por culpa de la vigilia y abstinencia le parecía en aquel instante que su cerebro estaba reblandecido, y que sus ideas eran como esos círculos que hace en el agua la piedra arrojadiza; no tenían consistencia alguna. A fuerza de encontrarse frente á frente, de lidiar cuerpo á cuerpo con uno de los problemas más tremendos que pueden acongojar á la razón humana, ya había perdido la brújula, y el desbarajuste de su criterio le amedrentaba.—Vamos á ver (y era la centésima vez que repetía aquel soliloquio mental). Aquí se han tronzado moralmente dos existencias; se les ha estropeado la vida á dos seres en la flor de la edad. Los dos se causan horror á sí mismos; los dos se creen reos de un crimen, de un pecado espantoso... y los dos, bien lo veo, seguirán queriéndose largo tiempo aún. ¿Son delincuentes en rigor? Por de pronto, que no lo sabían; pero supongamos que lo supiesen, y así y todo... No, dentro de la ley natural, eso no es crimen, ni lo ha sido nunca. Si en los tiempos primitivos, de una sola pareja se formó la raza humana, ¿cómo diantres se pobló el mundo sino con eso? ¡Ea, se acabó; está visto que yo no tengo lo que llaman por ahí sentido moral! ¡A fuerza de lecturas, de estudiar y de ejercitar la razón, me he acostumbrado á ver el pro y el contra de todas las cosas... Me he lucido! Lo que la humanidad encuentra claro como el agua, lo que un niño puede resolver con las nociones aprendidas en la escuela, á mí me parece hondísimo é insoluble... Sólo en el primer momento, guiado por mi instinto, procedo con lógica; así cuando quería matar á Perucho; entonces era yo un hombre resuelto, no un divagador miserable; pero ¿cuánto me dura á mí esa fuerza, esa convicción? Diez minutos; el tiempo que tardo en echarme á filosofar sobre el asunto y empezar con porqués, con atenuaciones, indulgencias y tolerancias... ¡El cáncer que me roe á mí es la indulgencia, la indulgencia! ¿Me casaría yo, aunque fuese lícito, con una de mis hermanas? No, y estoy disculpando el incesto. Como aquella vez que encontré mil excusas á la cobardía del famoso Zaldívar, el que se guardó varios bofetones y no quiso batirse... ¡y luego tuve que echármelas yo de matón para que no se figurasen que defendía causa propia! Aún me río... ¡Cómo me puse cuando el otro botarate de Morón me dijo con mucha soflama que era cómodo tener ciertas teorías á mano...! Aún se deben acordar en el café de la que allí se armó... ¡Ay, y qué cansado estoy de estas dislocaciones de la razón, de este afán de comprenderlo y explicarlo todo! La calamidad de nuestro siglo. Quisiera tener el cerebro virgen, ¡qué hermosura! ¡Pensar y sentir como yo mismo; con energía, con espontaneidad, equivocándome ó disparatando, pero por mi cuenta! Ese montañés me ha inspirado simpatía, cariño, envidia, admiración. Él se cree el hombre más infeliz de la tierra, y yo me trocaría por él ahora mismo... ¡Con qué sinceridad y entereza siente, piensa y quiere! Vamos, que ya daría yo algo por poder decir con aquella voz, aquel tono y aquella energía:—¿Soy algún perro para no creer en Dios?
Gabriel se oprimió más las sienes. El moscardón seguía zumbando y golpeándose, incansable en su empeño de romper un vidrio con la cabeza para salir al aire y á la libertad que desde fuera le estaban convidando. Levantóse Pardo, deseoso de librarse, con la acción, de la tortura de aquellas cavilaciones estériles y mareantes. Púsose á pasear de arriba abajo por la sala, escuchando el crujido de sus botas nuevas, unas botas de becerro blanco encargadas para la expedición al valle de Ulloa. Se paró ante la urna de la Virgen del Carmen, y la miró atentamente, reparando en su corona, en la inocente travesura de los ojos del niño, en la forma del escapulario... ¡De veras que ya iba tardando el cura! Sentía Gabriel esa necesidad de movimiento que entretiene la impaciencia. Salió á la cocina, donde Goros mondaba patatas; y abriendo la petaca, le ofreció cordialmente un cigarro. El criado del cura se puso de pie, sonrió complacientemente y se rascó el cogote detrás de la oreja, ademán favorito del gallego cuando delibera para entre sí. Gabriel adivinó.
—¿No fuma usted?
—No señor, no gasto, hase de decir la verdad. Dios se lo pague y la Virgen Santísima y de hoy en un año me dé otro.
—¡Pues si no le he dado á usted ninguno!
—La entención es lo que se estima, señor. No se le va el tiempo; con su permiso, cumple avisar al señor abad.
—No, hombre; si ya no es posible que tarde mucho. Tiene el abad una casita muy mona... ¿Produce mucho el huerto?
—No señor, apenas nada... ¿Quiere molestarse en ver cuatro coles?
—Si usted no tiene ocupación precisa...
—Jesús, señor... Venga por aquí. (Goros tomó la delantera.) Esto es una poquita cosa que yo la trabajo cuando tengo vagar... (Encogiéndose de hombros con aire resignado.) Porque el señor abad... ¡mi alma como la suya! no mete un triste jornalero, y yo á veces me levanto antes de ser día, y con un farol en la mano voy cuidando... Y todo me lo come el verme...