Obligaba la cortesía á Gabriel á fijarse en un repollo comido de orugas, un tomate que rojeaba, un pavío chiquito, enfermo de un flujo de goma, y un peral muy cargado ya. Luego entraron en la corraliza donde se ofrecía á los ojos un cuadro de familia interesante. Era una marrana soberbia en medio de su ventregada de guarros, los más rosados y lucios que pueden verse. La madre vino á frotarse cariñosamente contra Goros; pero al ver á Gabriel gruñó con recelo y echó al trote, seguida de sus críos, hacia la pocilga. Goros la llamó con cariñosos apelativos, diminutivos y onomatopeyas, para sosegarla.

—Quina, quiniña... cuch, cuch, cuch...

—¡Qué grande es y qué hermosa!—observó Gabriel para lisonjear la vanidad de Goros.

—Es muy hermosísima, sí señor; y eso que está chupada de criar. Cuando se cebe tendrá con perdón unas carnes y unos tocinos... como los del Arcipreste de Boan. ¿Le conoce, señorito?—exclamó el criado, que ya estaba rabiando por vaciar el saco de las chanzas irreverentes.

—Algo—respondió Gabriel sonriendo.

—¿Y no le parece, dispensando usté, que se la podíamos enviar de ama?—añadió Goros señalando á la puerca. Como Gabriel no celebró mucho el chiste, Goros mudó de estilo.

—¿Ve los que tiene?—dijo enseñando los cochinillos.—Pues á todos los ha criado... Es el segundo año que cría... Aquel ya es hijo suyo—añadió mostrando en un rincón de la corraliza un cerdazo corpulento, pero con un aire hosco y feroz que recordaba al jabalí montés.—Matamos el cerdo viejo por Todos los Santos... y quedó ese para padre.

Mientras Gabriel consideraba á aquel Edipo de la raza porcuna, un gracioso animal vino á enredársele entre los pies: era una paloma calzuda, moñuda, de cuello tornasolado donde reverberaban los más lindos colores; giraba arrullando, y su ronquera era honda, triste y voluptuosa á la vez. Gabriel se inclinó hacia ella, y el ave, sin asustarse mucho, se limitó á desviarse unos cuantos pasos de sus patitas rosadas.

—¿Hay palomar?—preguntó Pardo.

—No señor... (El criado estregó el pulgar contra el índice, como indicando que no sobraba dinero para meterse en aventuras.) Pero el señor abad... como Dios lo dió tan blando de corazón... y como las palomas le gustan..., mantiene á las de todos los palomares de por ahí, y siempre tenemos la casa llena de estas bribonas.... Siquiera sacamos un par de pichones para asarlos; aquí no vienen sino á llenar el papo y marcharse.... ¡Largo, galopinas!—añadió dirigiéndose á varias que desde el tejado descendían á la corraliza volando corto.—¡Ay señor!—añadió el criado tristemente:—es mucho gusto servir á un santo... ¡pero también... los trabajos que se pasan para ir viviendo acaban con uno! Aquí no se cobran derechos.... aquí los feligreses se ríen del señor, y no traen ni huevos, ni gallinas, ni fruta, ni nada... aquí la fiesta del Patrón, como si no la hubiera... Aquí se guarda el tocino y la carne para los enfermos de la parroquia, y nosotros pasamos con berzas y unto!