Reinó en la celdita prolongado silencio. El cura recobraba su expresión tranquila; reflexionaba. Por último, interrogó:

—¿Usted se casaría con ella, sin reparar...?

—Sin reparar en lo sucedido.

—Y nunca...

—Y nunca se lo había de traer á la memoria.

—Según eso, ¿está usted... prendado de su sobrina?

—No señor. Prendado, no, según suele entenderse esa palabra. La quiero; y además pago una deuda.

—No desmiente usted la buena sangre, señor don Gabriel... Alguien le estará á usted dando las gracias y pidiendo por usted desde el cielo.

—No—respondió Gabriel levantándose—si aquí quien ha de hacer el milagro es usted... Mi destino y el de Manuela están en sus manos.

—En las de Dios—respondió fervorosamente el cura de Ulloa. Dicho esto, se levantó, volvió la vista hacia una detestable litografía del Corazón de Jesús, que tenía colgada á la cabecera de la cama, y movió los labios aprisa; aquello sí era rezar.