XXXIV

A tiempo que el párroco de Ulloa cruzaba, sereno en apariencia, aquellos salones tan poblados para él de memorias y de diabólicas insidias y asechanzas contra su reposo, Juncal salía del cuarto de la enferma. A la pregunta ansiosa de Gabriel, el médico dió respuesta sumamente satisfactoria:

—Mejor, mucho mejor... Se ha comido la patita de la gallina, toda entera... Se bebió un vaso de tostado...

—¿Por su voluntad?

—No; tuve que rogarle mucho, pero después se veía que lo despachaba sin repugnancia. A esa edad, la naturaleza ayuda... Señor abad; ¡felices!

—Igualmente, don Máximo... ¿De manera que no hay inconveniente en entrar junto á ella?

—Al contrario... tiene afán por verle á usted.

—Pues señores... hasta luego.

Así que el cura desapareció tras la puerta del cuarto, Juncal enganchó el brazo derecho en el del comandante, y le llevó hacia el claustro, diciendo afectuosamente:

—Véngase, véngase á tomar un poco el aire... usted va á salir de esta batalla con una enfermedad. Duerme y come tan poco como la enferma, y eso no puede ser... A ella la sostuvo hasta hoy la excitación nerviosa; usted está en diferente caso.