—Bch... ¿Cómo sigue don Pedro? No voy allá porque se pone hecho un lobo cuando me ve... ¡La manía de que yo he venido á traer la desgracia á esta casa!

—Mire, seguir no le sigue peor; mañana ó pasado se levantará, y parecerá muy fuerte; pero... confieso que me ha dado un chasco. Físicamente (consiste en la diferencia de edades) le ha hecho la cosa más eco que á la muchacha... Ha sido un golpe terrible. Y que nada; que no se acostumbra á que el chico se haya marchado. Hasta los jabalíes del monte quieren á sus cachorros; esto lo prueba.

—Bonita está esta casa. Dígole á usted, Máximo, que arde en un candil. No hablemos de Manuela; pero entre don Pedro que aúlla, y las gentes de abajo, que me arman cada gazapera y cada red... Porque ahora sus baterías se dirigen á que don Pedro reconozca... Piensan que va á liárselas, y... á lo que estamos, tuerta.

—Bueno es que usted se impuso desde el primer instante..... Sinó, ¿quién pararía aquí?

—Me impuse; no quiero que molesten á un enfermo; pero lo del reconocimiento lo considero muy justo. Si ese cernícalo me quisiese oir, se lo aconsejaría. ¡Cuántos daños se hubieran evitado, con hacerlo al tiempo debido!

Juncal inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y los dos amigos siguieron paseando por el claustro, ó mejor dicho por la solana, sostenida en pilastras de piedra, con el escudo de Moscoso, que formaba el cuerpo superior del claustro. El liquen, á la luz del sol, estriaba de oro la piedra; y bajo los aleros del tejado se oía el pitío alborotador de las golondrinas, que desmintiendo la popular creencia de que sólo anidan en casas donde reinan paz y ventura, entraban y salían en sus nidos, con vuelo airoso.

—Don Gabriel, usted está alterado—exclamó el médico notando la irregularidad del andar y los movimientos del comandante. Todo el cuerpo de Gabriel, en efecto, vibraba como una caldera de vapor á tensión muy alta.—No se lo dije, que acabaría usted por ponerse más malo que su sobrina?

—No es eso, no es eso...—exclamó con vehemencia el comandante, soltando el brazo de su amigo y reclinándose en una de las pilastras.—Es... que ahora, en este mismo instante, se decide el destino de mi vida y el de Manuela. El cura de Ulloa lleva un encargo mío...

—¡Mi madre querida!—exclamó con cómico terror Juncal, agarrándose con las manos la cabeza.—¡Ha puesto usted su destino en manos de un clericeronte! ¡Estamos frescos! Ay, don Gabriel, de aquí va á salir una falcatrúa... Verá, verá, verá.

—¡Hombre!—repuso Gabriel sin poder evitar la risa.—Yo pensé que hacía usted una excepción honrosísima en favor del cura de Ulloa.