—Señor de Pardo—respondió el cura, que ya había recobrado su apacibilidad de costumbre—lo que la naturaleza yerra, lo enmienda la gracia; y el advenimiento de Cristo y los méritos de su sangre preciosa fueron cabalmente para eso; para remediar la falta de nuestros primeros padres y sanar á la naturaleza enferma. La ley de naturaleza, aislada, sola, invóquenla las bestias: nosotros invocamos otra más alta... Para eso somos hombres, hijos de Dios y redimidos por él. Dejemos esto; yo desearía que usted no se quedase con el recelo de que he influído directamente en el ánimo de la señorita. Vaya usted junto á ella, pregúntele, ínstele... haga usted su oficio, que la Virgen Santísima no ha de descuidarse en hacer el suyo... Yo me vuelvo á mi casa, si no tiene usted nada que mandar á este humilde servidor y capellán.
—Voy junto á mi sobrina ahora mismo—respondió Gabriel retando al cura con su decisión y con su cólera.
XXXVI
Entró medio á tientas, porque el cuarto estaba casi á oscuras, á causa de que la jaqueca de la niña no le consentía ver luz. No tardaron sin embargo las pupilas de Gabriel en acostumbrarse á aquella penumbra lo bastante para distinguir, en el fondo del cuarto, la blancura de las sábanas y la cabeza de Manuela sobre el marco de su negrísimo pelo. Al acercarse el comandante, levantóse Juncal y se retiró discretamente. La montañesa yacía inmóvil, con los ojos cerrados, y de la cama se alzaba ese olor especial que los enfermeros llaman olor á calentura, y que se nota por más ligera que sea la fiebre.
A la cabecera de la cama estaba vacante la silla que el médico había dejado; pero Gabriel la separó, é hincando una rodilla en tierra, puso la mano derecha sobre el embozo de la sábana.
—Manuela—cuchicheó.
La enferma abrió los ojos, sin responder.
—¿Qué tal te encuentras?
—Muy bien.... algo cansada.
—¿Te incomodo?