—¡Su culpa!—exclamó Gabriel, con acento de protesta.—¡Su culpa, pobre criatura abandonada, sin consejo, sin cariño de nadie! ¡Don Julián, don Julián! Ocasiones hay en que yo me condeno á mí mismo por mi detestable propensión á la indulgencia; porque creo que se me han roto todos los resortes morales; pero ahora... ¡quisiera tener en esta mano todo el perdón y todo el amor del mundo... para derramarlo sobre la cabeza de mi sobrina! ¡Ella es inocente... otros, otros somos los culpables!
—Otros—replicó con mansa firmeza el cura—son acaso más culpables que ella; pero ella tampoco es inocente, señor de Pardo. Ella lo comprende y lo reconoce, y desea, así que su padre se ponga bueno, retirarse á un convento de Santiago.
—¡Monja!—exclamó Pardo.—Monja... ¡Quiere ser monja!
—Por ahora, no señor. La vocación no viene en un día, y yo siempre le daría el consejo de que desconfiase de una vocación repentina, dictada por sinsabores ó desengaños del mundo. Lo que Manuela quiere es retiro y descanso que le cure las heridas y sitio en qué hacer penitencia de su pecado. Yo le he hablado de bodas, de esposo y de alegría; me ha respondido celda y llanto. En mí no estaba desviarla de ese propósito, desde que me lo manifestó. No me lo permitía mi oficio á aquella cabecera.
Gabriel se acercó al cura de Ulloa, y tomándole con agitación las manos,
—Sí, padre—exclamó;—sí, sí, usted es el único que podía apartarla de ese triste cautiverio en que va á caer voluntariamente... Entrará allí ahora, porque cree, porque piensa que se le ha acabado el mundo y que ha delinquido atrozmente; porque tiene vergüenza y dolor, porque no sabe lo que le pasa... Después de entrar allí, lo que sucede; ya no se atreverá á salir, y se creerá en el compromiso de tomar el hábito, y lo tomará, y sufrirá, y vivirá mártir, y acaso morirá desesperada... Don Julián, ¡usted que tanto ha querido á su madre...!
Pardo sintió temblar en la suya la mano del cura de Ulloa, y creyó que el argumento había hecho fuerza. En efecto, el cura se levantó, y como si despertase de un sueño, abrió sus ojos siempre entornados y los paseó por los muebles, por la habitación, los clavó en la ventana. Y con expresión de angustia, con acento hondo y muy distinto de la voz sorda y tranquila que tenía siempre, gritó:
—¡Ojalá que su madre hubiera entrado en el convento también! Dios llama á la hija... Que vaya! Que vaya! Virgen Santísima, ¡ampárala, recíbela, sostenla, quítala del mundo!
Por primera vez sintió el comandante un impulso de ira contra aquel hombre que poseía á sus ojos la aureola y el prestigio del santo, ó—para emplear con más exactitud el lenguaje interno de Gabriel—del hombre honrado que ajusta á sus convicciones su vida, y no tiene para sus semejantes sino ternura y caridad. Rebosando enojo, le apostrofó rudamente:
—Don Julián, permítame usted que le diga que eso es un enorme desacierto! Manuela puede ser en el mundo feliz, buena y honrada... y es un horror que vaya á sacrificarse, á enterrarse y á consumirse entre cuatro paredes, sin chispa de devoción ni de humor para ello... por qué? Por una desdicha que ha tenido, por una falta que todo disculpa, cuyo alcance ella no ha podido comprender, y cuya raíz y origen están, al fin y al cabo, en lo más sagrado y respetable que existe... en la naturaleza!