Manuela no abrió los labios. Con el balanceo suave de su cabecita pálida y porfiada, daba el no más redondo del mundo.

—¿No quieres? Que no? ¿Qué te diré, qué te haré para convencerte y traerte á buenas? Terquita de mi alma... ¡pobrecita! respóndeme con la boca, dime... qué hago, cómo te conquisto? Pídeme tú algo... muy grande... muy atroz! Verás cómo soy mejor que tú, cómo te doy gusto... Te me has vuelto muy mala.

Los lánguidos ojos de la montañesa resplandecieron un instante, entre el oscuro cerco que los rodeaba; alzó un poco la cabeza; apretó la mano de su tío, y dejó salir con afán:

—¿De veras me hará lo que yo le pida?

—Oro molido que fuese, monina... Dí, dí.

—¿Me da palabra?

—De honor, de caballero, de todo lo que exijas. ¿Qué es ello? Salga.

—Que se vaya por Dios, que se vaya á Madrid corriendo... antes que aquel que está allí solito... y desesperado! se desespere de vez, y... y...—No pudo proseguir: las lágrimas, de pronto, le nublaron las pupilas y le trabaron la voz en la garganta.

Aquel que ve el interior de los corazones sabe que Gabriel Pardo recibió el golpe como honrado y valiente, presentando el pecho y con animoso espíritu. Allá en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, se alzó una voz que gritaba: