—Cura de Ulloa, ni tú ni yo... tú un iluso y yo un necio. Quien nos vence á los dos, es... el rey... No, el tirano del mundo!
—Así se hará, hija mía—dijo en alta voz.—¿Quieres que me marche hoy mismo?
—Pudiendo ser... ¡Dios se lo pague! Atienda, escuche...—silabeó acercando tanto su boca al oído de Gabriel, que éste sentía en la mejilla un aliento enfermizo y volcánico.—Haga usted para que no se desconsuele mucho... y dígale que así que yo esté en el convento, él vuelve aquí, y mi padre queda satisfecho, y todos bien, todos bien.
—Adiós—respondió lacónicamente el artillero, que se levantó del suelo, se inclinó sobre la montañesa y le dió un besó á bulto, hacia la sien.
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Quiso ir á pie hasta Cebre, y Juncal, por supuesto, se empeñó en acompañarle. En lo alto de la cuesta, donde se domina á vista de pájaro el valle de los Pazos, se volvió, y estuvo buen trecho con los brazos cruzados, la vista clavada en el tejado de la solariega huronera, en el estanque del huerto que destellaba fuego á los últimos rayos del sol, en los lejanos picos y azuladas crestas que servían de corona al valle. Estas contemplaciones paran, y debiera callarse por sabido, en un suspiro muy hondo. Pardo llenó este requisito, y acordándose de todo lo que había venido á buscar allí diez días antes, pensó, con humorística tristeza:
—Otro caballo muerto.
Aquella tarde, el gran ardor de la canícula daba señales de aplacarse ya, y eran preludio y esperanza de frescura y acaso de agua las nubes redondas y los finos rabos de gallo que salpicaban caprichosamente el cielo. Una brisa fresca, vivaracha, que columpiaba partículas de humedad, hacía palpitar el follaje. A lo lejos chirriaban los carros cargados de mies, y las ranas y los grillos empezaban á elevar su sinfonía vespertina, saludando á la lluvia y al viento antes de que hiciesen su aparición triunfal y refrigerasen la tostada campiña. Todo era vida, vida indiferente, rítmica y serena.
Gabriel Pardo se volvió hacia los Pazos por última vez, y sepultó la mirada en el valle, con una extraña mezcla de atracción y rencor, mientras pensaba:
—Naturaleza, te llaman madre... Más bien deberían llamarte madrastra.