—¿Dice usted que las elecciones en que figuró el Marqués de Ulloa?...
—Sí señor, sí señor...—repuso Trampeta, todo esponjado y contento de acertar con algo que interesaba al viajero y le hacía dar señales de vida. Por cierto que después...
—El Marqués de Ulloa—interrumpió el viajero—es don Pedro Moscoso, ¿verdad?
—El mismo que viste y calza. Por cierto que...
—¿El yerno del señor de la Lage?
No era sólo atención, era interés muy vivo lo que revelaba el semblante del enguantado, y no pudiendo volver el cuerpo, torcía la barba sobre el hombro, clavando en Trampeta sus ojos garzos y grandes, de párpado marchito y enrojecido, como suelen tenerlo las personas que leen mucho ó viven aprisa.
—Aajá—articuló Trampeta afirmando con cabeza y manos y con todo el rebullicio de cuerpo que consentía la apretura:—¡aajá! El mismito. ¿Al parecer usted lo conoce?
No contestó el de los guantes, pero dijo con las pupilas:—Siga usted.—Trampeta, aunque tan observador y ladino, no era capaz de darse un punto á la lengua cuando ésta le picaba.
—¡Aquellas fueron unas elecciones... de la mar salada! Quedó que contar de ellas en el país para veinte años... Y como además de los líos que hubo en ellas, vino después la muerte del mayordomo del marqués, que fué una cosa atroz...
A pesar de la sordera del Arcipreste, aquí bajó la voz Trampeta, y sus ojos vivos, ratoniles, se posaron oblicuamente en el clérigo. Este roncaba ya, con ahogado resuello de apoplético. El cacique se tranquilizó y prosiguió: