—Lo despabilaron en un monte por mandato de los mismos suyos; ni visto ni oído... ¡Un balazo limpio, de esos que dejan sequito á un hombre!
—Ese mayordomo...—murmuró el de los guantes, fijando la vista en Trampeta, como si quisiera preguntarle algo; pero se contuvo y no prosiguió. Afortunadamente para él, Trampeta no era hombre de dejar cojo el cuento.
—Como usted me enseña, mi amigo, donde pasan ciertas cosas siempre hay misterios y demoniuras... ¿Usted conoce al marqués? Bueno: pues entonces ya sabe usted que vivía... mal arreglado, ó enredado, ó embrutecido, como se quiera decir, con la hija de ese mayordomo que mataron... ¡y qué moza era, me valga Dios! Como unas flores. Pues cuando el marqués determinó de casarse con la hija del señor de la Lage...
El enguantado hizo un movimiento.
—¿También lo conoció, eh?—preguntó Trampeta.
Dijo el viajero que sí con la cabeza, y el bueno del Secretario prosiguió:
—Pues ¿usted me entiende? la boda del señorito no le hizo maldita la gracia al truchimán del mayordomo, que tenía más conchas que un galápago, y como no pudo vengarse de otro modo, fué, y ¿qué hizo? Preparó las elecciones muy preparaditas, y cuando el marqués estaba cerca de triunfar, no sé cómo judas lo amañó...
Aquí la mirada de Trampeta se hizo más oblicua y casi torva.
—En fin, que vendió completamente á su amo, lo mismo que vende uno los cerdos en el mercado, con perdón: una jugarreta que le costó al señorito la diputación, ni más ni menos... Y como usted me enseña... al vengativo de Barbacana, que es más malo que la quina...
Pausa breve.