—¿Usted no sabrá quién es Barbacana? ¡Dios nos libre! Entonces era el tirano del país; uno de esos tiranones terribles, como usted me enseña... Ahora ya va de capa caída... los años le pesan... le tenemos metido el resuello en el cuerpo... vaya si se lo tenemos... ¿Usted irá á Orense? ¡pues pregúntele usted al gobernador qué apunte es Barbacana...!

Al decir esto observaba Trampeta el rostro del enguantado, á ver si la referencia al gobernador le producía efecto. Viendo que no, pensó para su sayo:—No debe de ser diputado, ni cosa así.—Y añadió:

—En fin, que se cree... ¿Usted me entiende? que fué Barbacana quien... (Ademán muy expresivo de despabilar una luz con los dedos.)

—¿Dice usted que mataron á ese hombre, al mayordomo del marqués de Ulloa?—preguntó por fin el viajero de los guantes.—¿Y dónde, y quién y por qué?

—¿Quién? Un satélite de Barbacana, un facineroso malhechor relajado que se llama el Tuerto... Así que Barbacana tiene un arachita, ya anda él muy campante por el país, metiendo miedos á todo dios... ¡Uno de tantos escándalos! Pero ahora les hemos de atar corto de vez. ¿Dónde? En un monte, propiedad del marqués... por el día y por el sol. ¿Por qué? Pues como dije, en venganza de que le hizo al marqués perder las elecciones.

—Y la hija de ese hombre... ¿qué ha sido de ella?—interrogó el viajero, acariciándose la barba con la enguantada mano, para simular indiferencia que no sentía.

—Ese es otro cantar... ¿Usted ya sabrá que el marqués enviudó de allí á poco?

Una tristeza, una angustia profunda se grabó en el rostro del viajero. Si Trampeta le mirase, ahora sí que vería la alteración de sus facciones. Pero Trampeta á la sazón encendía dificultosamente el cigarro.

—Enviudó, porque la señorita se puso tisis... Parece que le dió muy mala vida por causa de la raida de la moza, y que andaba San Benito de Palermo... Ella era poquita cosa; de poco estuche... Pss...

Aumentó la turbación del viajero al decir esto Trampeta, y la revelaron visibles señales. Sus ojos, que tenían más de pensativos que de brillantes, chispearon un momento; frunció el entrecejo, y por su frente despejada corrieron una tras otra, como olas, tres ó cuatro arrugas bastante profundas. Respiró tan fuerte y hondo, que Trampeta, volviéndose, le miró con mayor curiosidad aún.