—Parece que la historia le toca á este señor de cerca... Tate... Hay que ver lo que se habla... ¡Me caso! No se me quita el vicio de ser parlanchín.

Había amanecido del todo, disipándose la niebla; el sol doraba ya con alegre reflejo las cimas de los árboles, las aguas de los manantialillos que brincaban del monte á la carretera, los cristales de las casitas que de trecho en trecho se asomaban curiosas con su cerca, sus dos manzanos, su emparrado de vid, su meda de centeno junto al hórreo. A aquella hora, en que el calor no hostigaba todavía á jacos ni á viajeros, y la tierra despertaba impregnada de rocío nocturno, y el sol se bebía la ligera brétema, no molestaría ir en la berlina, á no ser por los ronquidos del Arcipreste, más hondos y atronadores cada vez, por su estorboso volumen, por las blasfemias del mayoral, por el olor desagradable del forro del coche. La claridad diurna alumbraba las facciones del viajero de los guantes, descubriendo en su barba corrida, bien recortada y no muy recia, unos cuantos hilos de plata; en su dentadura una mella; en sus sienes lo ralo del pelo; en sus mejillas, de piel fina y coloración mate, la azul señal de algunos granos de pólvora incrustados bajo el cutis. A un lado y á otro de la nariz, los quevedos de acero que solía gastar le habían labrado una especie de surco, rojo ó amoratado. Su mirada, intensa, dulce, miope, tenía esa concentración propia de las personas muy inteligentes, bien avenidas con los libros, inclinadas á la reflexión y aun al ensueño.

El cacique, en guardia contra las preguntas que se le pudiesen dirigir, esperaba; pero pasó un rato, y el viajero nada dijo: suspiró como quien desahoga el pecho, y limpió con el pañuelo los quevedos, cerrándolos cuidadosamente para no romperlos. Trampeta le atisbaba receloso.

—¡Borrico de mi!—pensó.—Dice que conoce al marqués... Será su amigo, y no querrá más chismes... Aunque, don Pedro Moscoso ¡qué ha de ser amigo de ninguna persona tan así... tan decente!

Ocupábase el viajero, después de bajarse con dificultad, en sacar de un cestito de paja un frasco blanco, forrado también de paja hasta el gollete, con reluciente tapadera de metal.

—Gusta usted un trago de vermut?—dijo al cacique.

—No señor... Se aprecia... Llevo anís estrellado y buen aguardiente, que es lo mejor para el flato estando en ayunas... Pero ya maté el gusano antes de salir...

Bebió el enguantado por un vaso oblongo, recogió todo, y desabrochando mal como pudo las correas de su manta de viaje, tomó de dentro un libro, amarillo, con las hojas sin cortar. Abrió como unas veinte ó treinta sirviéndose de un cortaplumas, mirando á Trampeta como en espera de que terminaría la crónica chismográfica tan brillantemente comenzada. Vacilaba y deseaba hablar. Se decidió por fin...

—La hija del mayordomo...—articuló.

Qué tentación tan fuerte para el cacique! Más fuerte que su virtud. Ya no pudo contenerse.