Alzados los manteles, retiráronse Juncal y don Gabriel al despacho del primero, donde había estantes de libros profesionales, una cabeza desollada y asquerosísima, con un ojo cerrado y otro abierto, que representaba el sistema venoso, estuches y carteras de lancetas y bisturíes, y no pocos números del Motín y Las Dominicales rodando por sillas, pupitre y suelo. Despojóse don Gabriel de su americana de paño gris á cuadros; desabrochó el gemelo de su camisa y la levantó para mostrar el brazo lastimado. Lo palpó Juncal, se lo hizo mover, y observó concienzudamente, por las manifestaciones del dolor, de qué índole y en qué punto residía la lesión. Dos ó tres veces notó en el semblante del viajero indicios de que reprimía un ¡Ay! Con seriedad é interés le dijo:
—No repare usted en quejarse... Estamos á saber qué le duele, y cuánto y cómo.
—Si he de ser franco—respondió sonriendo don Gabriel—me escuece unas miajas. Se conoce que al tratar de mover á aquel buen señor de Arcipreste, todo el peso de su cuerpo y del mío juntos cargó sobre este brazo, que hacía fuerza en la delantera de la berlina... Será una dislocación del hueso.
—No señor; creo que no tiene usted nada más que un tendón relajado, aunque el pronóstico de esta clase de lesiones es muy aventurado siempre, y se lleva uno cada chasco, que da la hora. Si usted fuese un labriego...
—¿Qué sucedería?
—Se lo voy á decir á usted con toda franqueza, por lo mismo que estoy hablando con una persona que me parece altamente ilustrada....
—Por Dios...
—No, no, mire usted que tengo buena nariz, y ciertas cosas se conocen en el olor. Pues lo que haría si usted fuese uno de esos que andan arando, sería llamar á un atador ó algebrista, de los infinitos que hay por aquí....
—Curanderos?
—Componedores; son al curandero lo que al médico el cirujano operador. Justamente aquí cerca tenemos uno, el más famoso diez leguas en contorno, que hace milagros. Cuando yo llegué de la Universidad, llegué lleno de fantasía, y me enfadaba si me decían que los algebristas pueden reducir una fractura sin dejar cojo ó manco al paciente; después me fuí convenciendo de que la naturaleza, así como es madre, es maestra del hombre, y que el instinto y la práctica obran maravillas.... Con cuatro emplastos y cocimientos, y sobre todo con la destreza manual, que esa raya en admirable...