En el rostro del médico se pintó un segundo la irresolución, el temor de sobrar ó faltar que tanto acucia á los que llevan mucho tiempo de vida campestre, sin trato que pueda llamarse social. Al fin se determinó, y dijo con cordialidad suma:

—Don Gabriel, no me creerá tal vez, pero desde que le ví me ha inspirado simpatía... vamos, yo soy así; soy muy raro; hay gentes que no me llenan nunca, y usted me llenó incontinenti... Estoy con usted ya como si le hubiese tratado toda la vida... No le pondero... Soy franco, y lo que ofrezco lo ofrezco de corazón... Hoy es muy tarde ya para ir á donde usted quiera; ni tampoco conviene que mueva el brazo, al menos en las primeras veinticuatro horas. Ya que está en mi pobre choza, tenga la dignación de quedarse en ella. Sábanas lavadas y cena limpia, no le han de faltar. Mañana por la fresca, después que descanse, le doy mi yegüecita, que la gobernará con la punta de un dedo, cojo otra hacanea, y le acompaño hasta la rectoral de Ulloa... ó hasta el cabo del mundo, si se precisa!

No era don Gabriel hombre capaz de contestar con mil y tantos cumplimientos á una improvisación semejante. Tomó la diestra del médico, la apretó, y dijo con sencillez afectuosa:

—Aquí me quedo, amigo Juncal... Y crea usted que doy por bien empleado el percance.

Sintió Juncal que se ponía colorado de placer... Para disimular la emoción, echó á correr hacia la puerta, gritando:

—Catalina.... Catalina!... Esposa.... Catalina!

Presentóse la lozana panadera, de mandil blanco lo mismo que en sus buenos tiempos, con el pelo alborotado y una sonrisa complaciente en su bermeja y apetecible boca.

—Prepararás la cama en el cuarto del armario grande... Don Gabriel nos hace el favor de se quedar esta noche.

La sonrisa del ama de casa fué al oirlo más alegre todavía; sus ojos chispearon, y pronunció con el acento gutural y cantarín de las muchachas de Cebre:

—De hoy en un año vuelva á quedarse, señor, y que sea con salú.