—No, nada de eso—respondió apaciblemente Gabriel.—Soy, platónicamente hablando, avanzadísimo; tengo ideas mucho más disolventes que las de usted solamente... Pero ¡qué limoneros tan hermosos!

Tomó una rama y respiró con delicia los cálices blancos, de pétalos duros como la cuajada cera.

—Estoy encantado con mi tierra, don Máximo... Es de los países más poéticos y hermosos que se pueden soñar. Yo no conocía ni esa parte de Vigo, tan pintoresca, tan amena, ni esto de aquí; y lo poco que ya he visto, me seduce... El suelo y el cielo, una delicia; el entresuelo... gente amable y cariñosa hasta lo sumo; las mujeres parece que le arrullan á uno en vez de hablarle.

—¿Mecha otra vez?

—Gracias, no fumo más. ¿Vamos á saludar á la señora? Aún no le hemos dado los buenos días.

—Catalina apreciará tanto... Pero á estas horas.... va en el molino, de seguro. Así que alistó el chocolate, le faltó tiempo para recrearse con aquel barullo de dos mil diablos que arman las parroquianas...

Una mariposilla blanca, la vanesa de las coles que abundaban por allí, vino revoloteando á posarse en el sombrero de Juncal. Don Gabriel tendió los dedos índice y pulgar entreabiertos, para asirla de las alas. La mariposa, como si olfatease aquellos amenazadores dedos, voló con gran rapidez, muy alto, entre la radiante serenidad matutina. Don Gabriel la siguió con los ojos estirando el pescuezo, y el médico reparó en lo bien cuidada (sin afeminación) que traía la barba el comandante. Cada pormenor acrecentaba la simpatía en el médico, que estancado en la cultura de los años universitarios, arrinconado en un poblachón, olvidado ya, á fuerza de bienestar material y de pereza mental, de sus antiguas lecturas científicas, y sus grandes teorías higiénicas, conservaba no obstante la facultad de respetar y admirar, en un grado casi supersticioso, cuando veía en alguien la plenitud de circulación y el oxígeno intelectual que él había ido perdiendo poco á poco. Además, ¡era tan cortés, resuelto, despejado y afable aquel señor!

Gabriel permanecía con los ojos medio guiñados, como cuando seguimos un objeto distante. Sin embargo, la mariposa había desaparecido hacía tiempo. El artillero se volvió de repente.

—Don Máximo, ¿me hará usted el favor de contestar francamente á varias preguntas que tengo que hacerle?

—Señor de Pardo, por Dios... Me manda y yo obedezco. En cuanto le pueda servir....