—Dicen que le quiere dejar bajo cuerda casi todo cuanto tiene...

En vez de fruncir el ceño el artillero, despejóse su encapotada fisonomía, y contestó en voz serena:

—Ojalá. ¿Se admira usted de mi desinterés? Pues no hay de qué. Es cierto que considero obligación del hombre sostener la familia que crea al casarse; pero no soy de esos tipos que tanto les gustan á los autores dramáticos de ahora, que no se casan con una mujer de quien están perdidamente enamorados, sólo porque es rica. En el caso presente me alegro, porque cuantas menos esperanzas de riqueza tenga mi sobrina, más fácilmente se avendrán á dármela, á mí que no he de exigir dote... Confieso que tenía yo mis miedos de que me diese calabazas mi señor cuñado. Verdad es que como no me las dé Manolita, soy abonado hasta para robarla... ni más ni menos que en las novelas de allá del tiempo del rey que rabió.

Miró Juncal la fisonomía del artillero, á ver si hablaba en broma ó en veras. Revelaba cierta juvenil intrepidez, y la resolución de poner por obra grandes hazañas, á pesar de los blancos hilos sembrados por la barba y el pelo que escaseaba en las sienes.

—Si ella no me quiere... y bien puede ser, que al fin soy viejo para ella... (Juncal hizo con manos y rostro furiosos signos negativos)... entonces... no habrá rapto. De todos modos, por cuestión de cuartos, no se ha de deshacer la boda: yo lo fío. Aparte de que, siendo ese chico hijo del marqués, natural me parece que le toque algo de la fortuna paterna.

—¿Quién sabe de quién es el chico? Y es como un pino de oro.

—¿Más lindo que mi sobrina? Mire usted que voy á defender, sin haberla visto, como el ingenioso hidalgo, que es la más hermosa mujer de la tierra.

—De fea no tiene nada: pero de vestir, la traen... así... nada más que regular. Muchas veces no se diferencia de una costurerita de Cebre... Vamos, la pobre tuvo poca suerte hasta el día.

—A arreglar todo eso venimos—contestó Gabriel levantándose, como deseoso de echar á andar sin dilación en busca de su futura esposa. Su huésped le imitó.

—Entonces, ¿á qué hora de la tarde quiere usted salir para la rectoral de Ulloa?—preguntó muy solícito.