—Así somos, amigo Juncal... Un país imposible, en ese terreno sobre todo. Antes que aquí se formen costumbres en armonía con el constitucionalismo, tiene que ir una poca de agua á su molino de usted... Decía cierto hombre político que el sistema parlamentario era una cosa excelente, que nos había de hacer felices dentro de setecientos años... Yo entiendo que se quedó corto. Al caso; dígame todo lo concerniente á la historia...

—Hoy en día, á Barbacana ya lo llevan acorralado, y se cree que trata de levantar la casa é irse á morir en paz á Orense... Porque va viejo, y no le dejan respirar sus enemigos. El que vino con usted, Trampeta, con el aquel de protegido de Sagasta, es ahora quien sierra de arriba... En fin, todo ello para nuestro cuento importa un comino. Así que mataron al padre, la muchacha se casó con su Gallo, y cuando se creía que el marqués los iba á echar con cajas destempladas, resulta que se quedan en la casa, ellos y el rapaz, y que está su señor cuñado contentísimo con tal muñeco... Esto fué antes, muy poco antes de morir la señorita su hermana...

Gabriel suspiró, juntando rápidamente el entrecejo.

—No había quedado nada fuerte desde el nacimiento de la niña: yo la asistí, y necesité echar mano de todos los recursos de la ciencia para que...

—¿Usted asistió á mi hermana?—exclamó el artillero, cuyos ojos destellaron simpatía, casi ternura, humedeciéndose con esa humedad que es como el primer vaho de una lágrima antes de subir á empañar la pupila.

—Entonces, sí señor; que después, como dije á usted, el marqués hizo punto en no volverme á llamar... La pobre señora se quedó, según dicen, como un pajarito; se le atravesaron unas flemas en la garganta...

Los ojos de Gabriel, ya secos, ardientes y escrutadores, se posaron en Juncal.

—Don Máximo, cree usted en su conciencia que mi hermana murió de muerte natural?—pronunció con tal acento, que el médico tartamudeaba al contestar:

—Sí señor... sí señor! sí señor! Puedo atestiguarlo con solo una vez que la ví en la feria de Vilamorta, donde estaba comprando no sé qué, allá unos seis meses antes de la desgracia. La fallé y dije (puede usted creerme como estamos aquí y Dios en el cielo):—No dura medio año esta señorita.—(Pasóse Gabriel la mano por la frente). Don Gabriel—prosiguió el médico,—¿qué le hemos de hacer? Su hermana era delicada; necesitaba algodones; encontró tojos y espinas... De todas las maneras, ella siempre fué poquita cosa... Volviendo á la niña, no digamos que su padre la maltrate, pero apenas le hace caso... Él contaba con un varón, y recuerdo que cuando nació la pequeña, ya renegó y echó por aquella boca una ristra de barbaridades... Al que adora es al chiquillo de la Sabel. Si lo querrá, que hasta se ha empeñado en que estudie, y lo manda á Orense al Instituto, y piensa enviarlo á Santiago á concluir carrera... El muchacho anda lo mismo que un mayorazgo: su buen reloj de oro, su buena ropa de paño, la camisola fina, el bastoncito ó el látigo cuando va á las ferias... y yegua para montar, y dinero en el bolsillo...

Asió Juncal con misterio la solapa de la americana de don Gabriel, y arrimando la boca á su oído susurró: