—Regular... está muy grueso y padece bastante de la gota, como el difunto tío, por lo cual dicen que gasta muy mal humor, y que ha perdido la agilidad, de manera es que no puede salir á caza como antes.

—Y... acuérdese usted de que me ha prometido ser franco! ¿Y... esa mujer que tiene en casa?

—Mire usted, como yo no voy por allí... con repetirle lo que se cuenta... y unos hablan de un modo y otros de otro; pero yo me atendré á lo que dicen los más formales y los que acostumbran ir á los Pazos. Usted ya sabe que tal mujer estaba en la casa antes de casarse su señor cuñado; enredados los dos, por supuesto, y el padre siendo el verdadero mayordomo y en realidad el dueño de la casa, aunque por plataforma trajeron allí al infeliz del cura de Ulloa, que no sirve para el caso... Había un chiquillo precioso, y pasaba por hijo del marqués. Pero resultó que después de la boda de don Pedro, la muchacha por su parte se empeñó en casarse con un paisano de quien estaba enamoradísima, y á quien le colgó, ¿usted se entera? el milagro del rapaz. Este paisano, que ahora anda hecho un caballero, siempre de tiros largos, se llama el Gallo de apodo, y nadie le conoce sino por el apodo ó por el Gaitero de Naya, porque lo fué; y el remoquete de Gallo se lo pusieron sin duda por lo bien plantado y arrogante mozo, que lo es, mejorando lo presente. Un poco antes mataron al padre de la muchacha...

—¿No le asesinaron por una cuestión electoral?

—Justo.... Según eso está usted en autos?

—Uno que venía conmigo en la berlina... el Arcipreste no... el otro...

¿Trampeta?

—Pequeño, vivaracho, entrecano...

—El mismo. Pues le contó verdad. Al gran pillastre de Primitivo me lo despabilaron de un trabucazo, en venganza de que los había vendido á última hora, tanto que les hizo perder la elección (Juncal bajó la voz involuntariamente). Ve usted aquellas tapias, pasadas las primeras... donde asoman las ramas de un cerezo con fruta? Pues son las del huerto de Barbacana, el cacique más temible que hubo en el país... Dicen que ese ordenó la ejecución, aunque el verdugo fué una especie de facineroso que anda siempre á salto de mata, de aquí á Portugal y de Portugal aquí...

Gabriel meditaba, sepultando la quijada en el pecho. Luego se caló distraidamente los quevedos.