—¿Qué tal índole es la de ese chico? ¿Maltrata á mi sobrina? ¿La mortifica? ¿Le tiene envidia? ¿Hace por malquistarla con mi cuñado?

—Él maltratarla! A su sobrina! Pues si no ha habido en el mundo cariño más apretado que el de tales criaturas. Desde que nació la niña, Perucho se volvió chocho, lo que se llama chocho, por ella; la señora y el ama no sabían cómo hacer para quitarse de encima al chiquillo, que no hacía sino llorar por la nené. Allí estaba siempre, como un perrito faldero; ni por pegarle; le digo á usted que era mucho cuento tal afición. Y después de fallecer la señora, Dios nos libre! El niñero de la señorita Manolita en realidad ha sido Perucho. Siempre juntos, correteando por ahí. ¡Pocas veces me los tengo encontrados por los sotos, haciendo magostos, por las viñas picando uvas, ó chapuzando por los pantanos! Y que no sé cómo no se mataron un millón de veces ó no rodaron por los despeñaderos al río. El chiquillo es fuerte como un toro ¡más sano y recio! Un hijo verdadero de la naturaleza. Sólo una enfermedad le conocí, y verá usted cuál. Cátate que se le pone en la cabeza al marqués, y otros dicen que al farolón del Gallo, enviar al rapaz á Orense para que estudie; y quién le dice á usted que el primer año, cuando tocaron á separarse, los dos chiquillos cayeron malos qué sé yo de qué... de una cosa que aquí llamamos saudades... ¿Usted comprende el término? porque usted lleva años de faltar de Galicia...

—Sí, ya sé qué quiere decir saudades. Los catalanes llaman á eso anyoransa. En castellano no hay modo tan expresivo de decirlo.

—Ajajá. Pues el chiquillo, el primer año, se desmejoró bastante y vino todo encogido, como los gatos cuando tienen morriña; pero así que volvieron á sus correrías, sanó y se puso otra vez alegre. Y á cada curso la misma función. Siempre triste y rabiando en Orense (parece que la cabeza no la tiene el chico allá para grandes sabidurías) y, apenas pintan las cerezas y toma las de Villadiego, otra vez más contento que un cuco, y á corretear con su...

Juncal dudó y vaciló al llegar aquí. Por vez primera acaso, se le vino á las mientes una idea muy rara, de esas que hacen signarse aun á los menos devotos murmurando—Ave María!—de esas que no se ocurren en mil años, y una circunstancia fortuita sugiere en un segundo...

Cruzáronse sus miradas con las de don Gabriel, que le parecieron reflejo de su propio pensamiento, reflejo tan exacto como el del cielo en el río; y entonces el artillero, sin reprimir una angustia que revelaba el empañado timbre de la voz, terminó el período:

—Con su hermana.

Calló Juncal. Lo que ambos cavilaban no era para dicho en alto.

Reinó un silencio abrumador, cargado de electricidad. Estaban en sitio desde el cual se divisaba ya perfectamente la mole cuadrangular de los Pazos de Ulloa, y el sendero escarpado que á ellos conducía. Juncal dió una sofrenada á su mula.

—Yo no paso de aquí, don Gabriel... Si llego hasta la puerta, extrañarán más que no entre... y la verdad, como está uno así... político... no me da la gana de que piensen que aproveché la ocasión para meter las narices en casa de su señor cuñado. Mañana vendrá el criado mío á recoger la yegua...