Gabriel tendió la mano sana buscando la del médico.
—Me tendrá usted en Cebre cuando menos lo piense, á charlar, amigo Juncal... A usted y á su señora les debo un recibimiento y una hospitalidad de esas... que no se olvidan.
—Por Dios, don Gabriel... No avergüence á los pobres... Dispensar las faltas que hubiese. La buena voluntad no escaseaba: pero usted pasaría mil incomodidades, señor.
—Le digo á usted que no la olvidaré...
Y el rostro del artillero expresó gratitud afectuosa.
—Cuidar el brazo, no hacer nada con él!—gritaba Juncal desde lejos, volviéndose y apoyando la palma sobre el anca de la mula. Y diez minutos después aún repetía para sí:—¡Qué simpático... qué persona tan decente!... Qué instruído... qué modos finos!...
El médico, después de volver grupas, apuró lo posible á la mulita con ánimo de llegar pronto á su casa. Iba pesaroso y cabizbajo, porque ahora le venía el trasacuerdo de que no había preguntado al comandante Pardo sus opiniones políticas y su dictamen acerca del porvenir de la regencia y posible advenimiento de la república.
—¿Cómo pensará este señor?—discurría Juncal, mientras el trote de la mula le zarandeaba los intestinos.—¿Qué será? Liberal ó carcunda? Vamos, carcunda es imposible... Tan simpático... qué había de ser carcunda! Pues sea lo que quiera... debe de estar en lo cierto.
XII
Por delante de los Pazos cruzaba un mozallón conduciendo una pareja de bueyes sueltos, picándoles con la aguijada á fin de que anduviesen más aprisa. Gabriel le preguntó, para orientarse, pues ignoraba á cuál de las puertas del vasto edificio tenía que llamar. Ofrecióse el mozo á guiarle adonde estuviese el marqués de Ulloa, que no sería en casa, sino en la era, viendo recoger la cosecha del centeno. Arrendando el artillero su dócil montura, echó detrás del mozo y de los bueyes.