Dieron vuelta casi completa á la cerca de los Pazos, pues la era se encontraba situada más allá del huerto, á espaldas del solariego caserón. Gabriel aprovechó la coyuntura de enterarse del edificio, en cuyas trazas conventuales discernía rastros de aspecto bélico y feudal, aire de fortaleza, por el grosor de los muros, la angostura de las ventanas, reminiscencia de las antiguas saeteras, las rejas que defendían la planta baja, las fuertes puertas y los disimulados postigos, las torres que estaban pidiendo almenas, y sobre todo, el montés blasón, el pino, la puente y las sangrientas cabezas de lobo.

Indicaba desde lejos la era la roja cruz del hórreo; se oía el coro estridente de los ejes de los carros, que salían vacíos para volver cargados de cosecha. Era la hora en que los bueyes, rociados con unto y aceite como preservativo de las moscas, cumplen con buen ánimo su pesada faena, y se dejan uncir mansamente al yugo, mosqueando despacio el ijar con las crinadas colas. Gabriel se tropezó con dos ó tres carros, y al emparejar con ellos, pensó que su chirrido le rompiese el tímpano. Delante de la era se apeó ayudado por su guía; entrególe las riendas, y entró.

Un enjambre de fornidos gañanes, vestidos solamente con grosera camisa y calzón de estopa, alguno con un rudimentario chaleco y una faja de lana, empezaban á elevar, al lado de una meda ó montículo enorme de mies, otro que prometía no ser más chico. Dirigía la faena un hombre de gallarda estatura, moreno y patilludo, de buena presencia, vestido á lo señor, con americana, cuello almidonado, leontina y bastón, y muy zafio y patán en el aire; Gabriel pensó que sería el mayordomo, el Gallo. Sentado en un banquillo hecho de un tablón grueso, cuyas patas eran cuatro leños que, espatarrándose, miraban hacia los cuatro punto cardinales, estaba otro hombre más corpulento, más obeso, más entrado en edad ó más combatido por ella, con barba aborrascada y ya canosa, y vientre potente, que resaltaba por la posición que le imponía la poca altura del banco. A Gabriel le pasó por los ojos una niebla: creyó ver á su padre, don Manuel Pardo, tal cual era hacía unos quince ó veinte años; y con mayor cordialidad de la que traía premeditada, se fué derecho á saludar al marqués de Ulloa.

Este alzó la cabeza muy sorprendido; el Gallo, sin volverse, giró sus ojos redondos, de niña oscura y pupila aurífera, como los del sultán del corral, hacia el recién llegado; los mozos suspendieron la faena, y Gabriel, en medio del repentino silencio, notó en las plantas de los pies una sensación muelle y grata, parecida á la del que entra en un salón hollando tupidas alfombras. Eran los extendidos haces de centeno que pisaba.

El hidalgo de Ulloa se puso en pie, y se hizo con la mano una pantalla, porque los rayos del sol poniente daban de lleno en la cara de Gabriel, y no le permitían verla á su gusto. El comandante se acercó más á su cuñado, y alargó la diestra, diciendo:

—No me conocerás... Te diré quien soy... Gabriel, Gabriel Pardo, el hermano de tu mujer.

—Gabriel Pardo?

Revelaba la exclamación de don Pedro Moscoso, no solamente sorpresa, sino hosco recelo, como el que infunden las cosas ó las personas cuya inesperada presencia resucita épocas de recuerdo ingrato. Viendo Gabriel que no le tomaban la mano que tendía, hízose un poco atrás, y murmuró serenamente:

—Vengo á verte y á pedirte posada unos cuantos días... ¿te parece mal la libertad que me tomo? ¿Me recibirás con gusto? Di la verdad; no quisiera contrariarte.

—Jesús... hombre!—prorrumpió el hidalgo esforzándose al fin por manifestar cordialidad y contento, pues no desconocía la virtud primitiva de la hospitalidad.—Seas muy bienvenido: estás en tu casa. Angel!—ordenó dirigiéndose al Gallo,—que recojan el caballo del señor, que le dén cebada... Quieres refrescar, tomar algo? Vendrás molestado del viaje. Vamos á casa enseguida.