—Algo viejo es... y me da vergüenza.

Gabriel se quedó encantado de la contestación. «Ella me tuteará»—pensó para sí;—y añadió en voz alta:

—Pues cuando tengamos más confianza. Ahora, vámonos por ahí, al huerto... Tengo más ganas de aire libre que de ver la casa. ¿quieres mi brazo?

—¡Brazo! Ay qué chiste! Tengo los dos que Dios me dió. Puede que...

—¿Qué?

—Que si fuésemos por ahí... por montes... le tuviese yo que dar la mano.

—Pues mira... Justamente quería pedirte ese favor. Que me enseñases paseos largos, sitios bonitos... Tú que conoces todo este país como tu propio cuarto.

—Sí; pero á esta horita—notó la muchacha castañeteando los dedos—quién se atreve á pasar más allá del bosque? No se aguantará la calor, y usted que no tiene costumbre...

—Pues al bosque ahora, y á la tarde... me llevarás á donde gustes, chiquilla.

Volvióse la muchacha con un movimiento de malhumor y aspereza, que ya dos veces había observado en ella Gabriel; y este síntoma infalible de detestable educación, en vez de desalentar al artillero, le atrajo más.—Es un terreno inculto, virgen, lleno de espinos, ortigas, zarzales... ¡Pobre huérfana, y pobre hermana mía! Si viviese... A falta suya, yo desbrozaré esa maleza, á fuerza de paciencia y de cariño.