La montañesa echó delante, ágil y airosa como una cabrita montés, y su tío la seguía, rumiando aquello del terreno virgen, y observando con gran placer que era aplicable así á lo moral como á lo físico de la muchacha. La cintura de Manolita, en vez de ser de forma cilíndrica, tenía las dos planicies delante y detrás, que suelen delatar la inocencia del cuerpo; su nuca (descubierta por la raya que dividía las trenzas colgantes), su nuca, esa parte del cuerpo femenino que el arte moderno ha rehabilitado devolviéndole todo su valor expresivo, era de las más tranquilizadoras, por su delgadez y pureza, y lo raro y lacio del pelo corto que la sombreaba; su andar era andar de cervatilla, sin languidez alguna, y sus sienes rameadas de venas azules y su frente convexa la hacían semejante á las santas mártires ó extáticas que se ven en los museos.

—¡Cuánto tengo aquí que enmendar, que enseñar, que formar!—reflexionaba Gabriel, muy encariñado ya con su oficio de preceptor.—Pero hay terreno, hay sujeto... ¡La han descuidado tanto! Lo que exista aquí de bueno ha de ser bueno de ley, por deberse exclusivamente á la fuerza é influjo del natural, á la rectitud del instinto. Más fácil es habérselas con esta niña, entregada á sí misma desde que nació, que con esas chicas criadas en una atmósfera artificial, y á quienes la solicitud y los sabios... ó hipócritas consejos de las mamás, tías, y amiguitas, han cubierto de un barniz tan espeso y compacto, que el demonio que sepa lo que hay debajo de él.—¿Con que á dónde me llevas? al bosque? Pero qué modo de correr!—exclamó en voz alta, viendo que Manolita atravesaba velozmente las habitaciones de la casa, bajaba las escaleras de cuatro saltos, y sin aflojar el paso se metía por el huerto.

—Corra también—respondió la niña casi sin volver la cara:—¡todo esto de la casa y la huerta es más cargante! Ya iremos despacio por el soto... Allí da gusto.

Realmente el huerto parecía un horno. El día amenazaba ser del todo canicular, y en la superficie del estanque, los mismos escribanos de agua tenían pereza de echar complicadas firmas con sus largos zancos, y adormecidos sobre las verdosas plantas palúdicas se entregaban al goce de beber sol. Los átomos del aire vibraban, prontos á inflamarse cuando el astro ascendiese á su zenit; innumerables insectos zumbaban entre la hierba; gorjeaban con viveza y regocijo los pájaros, seguros de que con aquel día tropical la espiga se abriría sola y los surcos se llenarían de derramada simiente; de cuando en cuando, una bandada de mariposas ejecutaba en el ambiente de fuego una figura de rigodón, y luego se desvanecía. Gabriel, sofocado, se había quitado el hongo, y abanicábase con él. Sin pararse, de soslayo la chica lo vió.

—Va á pillar un soleado... ¡Ave María Purísima! Coja una hoja de berza y métala en el sombrero, que sino... mañana á estas horas está en la cama con un mal.

Obedeció el sabio consejo el artillero, y colocó dentro de su hongo una hoja de col bien aplicada.

—¿Y tú?—exclamó en seguida.—¿Por qué no coges un soleado tú? No llevas nada en la cabeza.

—¡Uy! Yo! Yo ya tengo confianza con el sol.

A lo lejos, más allá de los frutales del huerto, que apenas daban sombra, destacábase el soto, como una promesa de frescura y bienestar; el soto de castaños floridos, donde los rayos del sol no tenían acceso. Pero Gabriel, fuese por detenerse un minuto, ó porque realmente el paseo convidaba á refrescar la boca, se detuvo al pie de un ciruelo cargado de fruta, y llamó á su sobrina.

—Manuela?