Ella se volvió, asaz impaciente.

—Sabes que de buena gana comería un par de ciruelas?

—Pues cómalas, y buen provecho—respondió la chica encogiéndose de hombros.

—Escógemelas; ten compasión de un pobre cortesano ignorante.

Seque no diferencia las verdes de las maduras?

—No... Sé un poco amable. Ayúdame.

Con el ceño fruncido, el ademán entre hosco y burlón, la chica alargó los dedos, bajó una rama, fué tentando ciruelas... y en un abrir y cerrar de ojos, dejó caer una docena, como la pura miel, amarillas por la cara que miraba al sol y reventadas ya de tan dulces, en el pañuelo limpio, marcado con elegante cifra, que Gabriel tenía cogido por las puntas.

—Mil gracias... Ahora...

—¿Ahora qué?

—Cómete tú una primero, para que me sepan mejor las demás.