—No me da la gana... Estoy harta de ciruelas.
—Pues dispensa... Una más ó menos, no te produciría indigestión, y al comerla, cumplirías un deber.
—¿De qué?—preguntó ella fijando con dureza en Gabriel sus ojos ariscos.
—El deber de las señoritas, que es hacerse agradables y simpáticas á todo el mundo, y con mayor razón á los huéspedes que tienen en casa, y todavía más si son sus tíos y vienen á verlas.
Una ojeada más fiera que las anteriores fué la respuesta de Manolita, que echó á andar apretando el paso, tanto que á Gabriel le costaba trabajo seguirla.
—Chica, chica.....—gritó.—Mira que he trepado por los vericuetos de las Provincias, pero tú eres un gamo..... Aguarda un poco.
Paróse la muchacha, y agarrándose al tronco de un peral, y estribando en la pierna izquierda, con la punta del pie derecho describía semicírculos sobré la hierba. Al alcanzarla su tío, no dijo palabra; suspiró con resignación, y siguió andando con menos ímpetu, pero sin hacer caso del forastero.
Dejado atrás el huerto, pisaron la linde del bosque, alfombrada por las panojas amarillentas de la flor del castaño, que empezaba á desprenderse aquellos días y había impregnado el aire de un olorcillo que sin ser embriagador perfume, tiene algo de silvestre, de fresco, de forestal, de húmedo y refrigerante, por decirlo así, encantador para los que han nacido ó vivido largo tiempo en la región gallega. No pecaba el soto de intrincado; como más próximo á la casa, había sido plantado con cierto orden y simetría, y los troncos de sus magníficos árboles formaban calles en todas direcciones, aunque los obstruyese la maleza, dejando sólo relativamente limpia la del centro, atajo que solían tomar los peatones que descendían de la montaña, para llegar á los Pazos más pronto. El ramaje era tan tupido y formaba tan espesa bóveda, que sólo casualmente le atravesaba la claridad solar, engalanándolo con una estrella de oro de visos irisados, trémula sobre la cortina verde. Manolita andaba y andaba, pero más despacio ya, con el involuntario recogimiento que produce la frescura y la oscuridad de un bosque. Gabriel emparejó con ella, y señalándole el repuesto y solitario lugar y la mullida hierba, le dijo:
—¿Vamos á sentarnos un poco? Esto está envidiable.
—Bien—contestó lacónicamente la muchacha, siempre con la misma agrazón en el acento y el gesto; y se tumbó como de mala gana en el blando tapiz.