Y sin más preliminares, Gabriel, que estaba recostado un poco más bajo que la niña, se volvió, llegó el rostro á las yerbas en que el pie de ésta reposaba, y aplicóles un sonoro beso.

La gravedad de la montañesa se disipó como el humo. Ver á aquel señor, tan elegante, tan fino, tan formal, que aunque no era precisamente viejo, parecía «persona de respeto,» y que sin más ni más besuqueaba el suelo delante de ella, le arrancó una viva y sonora carcajada. Gabriel le hizo coro.

—¡Gracias á Dios que te veo reir!—dijo al disiparse el primer alborozo.—Gracias á Dios! Todo lo que sea no estar con aquella cara de juez de antes, me gusta. Á tu edad se debe reir... es lo natural. ¡Qué contento me da verte así! Sobrina mía... te declaro solemnemente que eres muy bonita cuando te ríes. (Ya lo sabía la niña, y aunque montañesa, no ignoraba que al reir se le ahondaba un par de graciosos hoyos en las mejillas y se lucían sus dientes, que en lo blancos y parejos afrentaban á los piñones). Por lo demás—siguió Gabriel—á mí, como te quiero, me pareces siempre muy linda... Sí, sobrinita. Antes de verte ya me gustabas...

—¿Antes de verme?—interrogó la chiquilla con serenidad burlona, enjugándose con las yemas de los dedos lágrimas de risa.

—Antes. ¿De qué te pasmas? ¿Te acuerdas tú de tu mamá?

—No... ¡Era yo tan cativa cuando se murió la pobre!

—¿Y cómo te la figuras tú? Fea ó bonita?

—¡Qué pregunta! Ya se sabe que bonita.

—Pues... lo mismo me pasaba á mí contigo antes de verte. Ea: ¿están hechas las paces? ¿Somos amigos?

—Sí señor—respondió Manuela entornando los párpados.