—¿No estás disgustada por tener que acompañarme?

—No señor...

—Sí señor, no señor... ¡Ay, ay, ay! Qué sonsonete! Mira que si me enfado... te hago reir otra vez. Ya que no quieres tutearme... al menos, no me digas señor: díme Gabriel, que es mi nombre.

—¿Tío Gabriel?

—Bueno, tío Gabriel, si así te parece que te podrás ir acostumbrando á llamarme Gabriel á secas. Y ahora, que ya estamos con más confianza (Gabriel apoyó el codo sano en el suelo y se reclinó cómodamente), vamos, díme por qué estabas de mal humor conmigo esta mañana.

—Porque...—Manuela iba sin duda á soltar un secreto formidable; pero de pronto sus labios se cerraron, sus ojos vagaron por el suelo, y murmuró enérgicamente.—Por nada.

—¿Por nada?

—Por... porque hablando francamente, era mejor que papá lo acompañase; yo no soy quien para entretenerlo ni darle conversación. Bonita diversión la que saca de estar conmigo. ¿De qué le he de hablar? Por eso me dió rabia que papá discurriese mandarme á papar moscas con usted.

—Montañesita, eso que vas diciendo sí que es una chiquillada. No sólo me distrae tu compañía, sino que la he solicitado. ¿De dónde sacas tú que no tenemos de qué hablar? ¡Miren la muñeca! Vaya si tenemos: y tanto, que no se nos acabará en muchísimo tiempo la conversación. Podremos estar charlando una semana, y otra, y otra, y tener siempre cosas nuevas de qué tratar.

Enarcó Manuela las cejas, entreabrió los labios, redondeó los ojos, y se quedó como asombrada mirando al artillero.