—¿Y muere gente en eso como en lo otro?

—¡Ah! Morir, sí, lo mismo; en proporción, quizá sea más peligroso... Allí ve uno muy de cerca el brillo de las bayonetas y los machetes, y la boca de los rewólvers.

—¿Y á usted... lo hirieron? ¿Le hicieron daño?

—Sí, á veces... Rasguños.

—¿En dónde? ¿Aquí?—exclamó la chiquilla alargando su dedito moreno hasta rozar con él la mejilla de su tío, el cual se estremeció dulcemente, como si le hiciese cosquillas una de las delicadas gramíneas que cortaba.

—No...—dijo sin ocultar el estremecimiento...—Esto fué la explosión de un poco de pólvora que se me quedó embutida debajo de la piel...

—¡Ay! me ha de contar cómo fué. No..., pero antes las batallas.

Gabriel se incorporó quedándose sentado en la hierba, con las piernas estiradas y el haz de gramíneas en la mano. Habíalas verdaderamente airosas y elegantes, montadas en tallos como hilos; sus menudas simientes pajizas temblaban, bailaban, oscilaban, se encrespaban y bullían como burbujas de aire moreno, como gotas de agua enlodada; algunas semejaban bichitos, chinches; otras, como la agrostis, tenían la vaporosa tenuidad de esas vegetaciones que la fina punta del pincel de los acuarelistas toca con trazos casi aéreos, allá al extremo de los países de abanico: una bruma vegetal, un racimo de menudísimas gotas de rocío cuajadas. Con aquel fino puñado de hierba, Gabriel acarició la cabeza trigueña de su sobrina, diciendo con una explosión de alegría casi infantil:

—¡Ah, pícara... pícara! Ves cómo tenemos de qué hablar... y nos sobra. ¿Lo ves, lo ves? Yo te cuento guerras ó catástrofes como esta de la pólvora que se me metió entre cuero y carne, y muchas cosas más que me han pasado; y tú...

—¡Bah! No haga burla, no haga burla... Ya se sabe que yo no puedo contar nada que valga dos nueces.