—Que sí, mujer... Más que yo; doscientas veces más. Tú eres una doctora y yo un ignorantón.
—¿Con tanto como estudió?
—En los colegios, hija mía, nos enseñan cosas muy raras y estrafalarias, que andan en libros... y mira tú, lo bueno es que allí se quedan, porque luego, en la vida, no se las vuelve uno á encontrar ni por casualidad una sola vez. Pues sí... ¡tú vas á reirte de mí cuando veas lo tonto que soy! No diferencio el trigo del centeno...
La montañesa soltó una carcajada fresquísima.
—No he visto nunca moler un molino... El único en que estuve lo tomamos á cañonazos: era un molino en que se habían hecho fuertes las gentes del cabecilla Radica... Ya te figurarás que no molía entonces...
Redobló la carcajada de Manuela.
—Tampoco he visto segar... Ayer me enteré de que hacéis unas cosas que se llaman medas, que son como una pirámide de haces de mies... y eso porque te ví encaramada encima como un loro en su percha...
Ya no era risa; era convulsión lo que agitaba á Manuela, obligándola á echarse atrás, á recostarse en el tronco del castaño para no caer... Con una mano, á la usanza aldeana, se comprimía la ingle, y con otra se tapaba la boca y la nariz, pero entre sus dedos rezumaban y salpicaban chorros de risa que, por decirlo así, caían sobre el rostro del artillero.
—Ay... ay... que me muero... que no puedo más...—decía la chiquilla.—Ay... por Dios... no diga tontadas así...
Sonreíase él, contento del efecto producido, y haciendo girar entre pulgar é índice el fino tallo de una gramínea, que por el volteo apresurado parecía una rueda de dorada niebla. Paróse, al ver un insecto semejante á una media bola de coral pulido, con pintas de esmalte negro, que le había caído sobre el dorso de la mano y allí permanecía inmóvil.